Restablecimiento de Fábrica

Descubre la libertad que otorga el nuevo nacimiento...

     Imagina por un momento que compras un teléfono celular completamente nuevo. Viene en su caja: limpio, rápido, perfecto y sin ningún fallo. Pero a medida que pasan los años, comienzas a descargarle de todo: juegos, aplicaciones pesadas, fotos, archivos basura y, sin darte cuenta, entran virus.

Con el tiempo, el teléfono se vuelve lento, se congela, falla a cada rato y ya no sirve para lo que fue diseñado. Llega un punto en que está tan saturado que no basta con borrarle un par de fotos o cerrarle las aplicaciones. La única forma de que vuelva a funcionar como el primer día es aplicarle un restablecimiento de fábrica: borrar todo lo que lo arruinó y devolverlo a sus valores originales.

Los que están en Cristo están llamados a padecer juntamente con Él todas las cosas: su muerte y su resurrección. Y ese proceso consiste, precisamente, en restablecer los valores del Reino en nosotros.

 

¿Dios nos hizo incompletos o defectuosos?

La respuesta corta y clara es: No.

Dios no nos creó defectuosos ni a medias. Cuando creó al ser humano, lo hizo perfecto y con todo lo necesario para cumplir su propósito. El problema no fue el Diseñador, sino lo que entró después. Lo que el mundo ofrece son escombros que no sirven ni de relleno para la vida de un Árbol de Justicia, además de un sistema lleno de virus que suplanta nuestra identidad para cumplir despropósitos que nos alejan del diseño original.

Recuerda: aún conservamos todo lo necesario para cumplir el propósito divino, pero hoy está tapeado por una existencia entera vivida fuera del diseño.

 

De los tales es el Reino: volver a ser como niños

Cuando Jesús dijo en Mateo 18:3:

De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”.

No nos estaba pidiendo que fuéramos infantiles o inmaduros, sino que volviéramos a la configuración predeterminada de fábrica. Un niño no viene lleno de los prejuicios, el orgullo, la malicia ni los «virus» que el mundo le pega a los adultos. Un niño confía plenamente en su padre, es transparente y depende de él; así es su diseño natural y así debería mantenerse a lo largo de su vida.

No podemos, con nuestras propias fuerzas, quitar los escombros de un mundo que se derrumbó sobre nosotros. Solo con la guía especializada del Espíritu Santo podremos remover todo lo que no es de Dios. Ser como niños significa permitir que Él limpie toda la basura que acumuló nuestra mente y corazón para, con el tiempo y en constante comunión, volver a confiar en Él con un corazón limpio.

 

¿Cómo debe vivir un nacido de nuevo?

Imagina que compras un carro nuevo y lo sacas del concesionario. Es un vehículo tecnológico, lleno de funciones que aún desconoces. Al pasar los días, el carro se va revelando ante ti con todo lo que es capaz de hacer: asistente de conducción, modo sport o económico, cámara 360° para retroceder y botones que aún te faltan por descubrir.

Así debe ser la vida del nacido de nuevo: un reencontrarnos con nuestro ser espiritual para descubrir todo el potencial y cumplir las obras que, de antemano, fueron preparadas para que anduviéramos en ellas.

En Juan 3:3, Jesús le dijo a un hombre muy religioso llamado Nicodemo:

El que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios”.

¿Qué significa esto realmente? No significa volver al vientre materno, sino pasar por un restablecimiento de fábrica espiritual. Consiste en reconocer que nuestra vida anterior está tan cargada de errores y virus que no se puede «reparar» por encima; hay que hacer borrón y cuenta nueva. Es morir a todo lo que el mundo nos enseñó a ser (el egoísmo, el orgullo, los malos hábitos) para que la vida misma de Dios comience a fluir en nosotros. Ya no vive el viejo yo, sino que ahora Cristo vive en mí.

 

La clave de la restitución: Colosenses 1:13-14

Aquí es donde entra la obra maravillosa de Jesucristo. El pasaje de Colosenses 1:13-14 nos enseña:

El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”.

Nosotros solos jamás habríamos podido presionar el botón de «restablecer». Estábamos atrapados. Pero Jesús vino, pagó nuestra deuda en la cruz y compró nuestro rescate.

Él nos sacó de un sistema fallido (el reino de las tinieblas) y nos trasladó a un sistema perfecto (el Reino de su Hijo). Esto no es una promesa a futuro: ya fuimos trasladados, y desde esa verdad debemos funcionar de manera responsable.

El sistema religioso, en su romanticismo, a veces nos hizo creer que el Reino de los Cielos es únicamente un lugar lejano con calles de oro y mar de cristal entre las nubes (sacando de contexto las Escrituras). Pero el Reino de los Cielos es Cristo derramando justicia, paz y gozo en toda la creación del Padre, tanto en la que se ve como en la que no se ve.

Jesús no vino a asfaltar los huecos de tu carretera ni a rellenar tu vieja vida; vino a remover el asfalto gastado del mundo para revelar la vía original. Él está allí para sanar el daño que el mundo le hizo a tu identidad y hacerte recuperar los valores de fabricación con los que fuiste diseñado desde el principio. Cuando entras en Cristo, eres liberado para funcionar, al fin, en el Reino para el cual fuiste creado.

 

La memoria del Diseñador

No intentes reparar con tus manos lo que solo se arregla volviendo al origen. El mundo te convenció de que eres la suma de tus errores, de tus caídas y de los virus que te contagiaron en el camino; pero el Diseñador nunca olvidó cómo te dibujó desde el principio.

Cuando te rindes a Cristo y permites su restablecimiento de fábrica, no estás perdiendo tu vida: estás perdiendo todo lo que te impedía vivirla. Hoy no se trata de intentar ser mejor por tus propias fuerzas, sino de dejar que la mano que te creó borre lo que no eres, para que al fin se manifieste en ti lo que, desde la eternidad, fuiste predestinado a ser.

¡Bendiciones a todos!

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