Peripsima

Somos el muro de contención para la maldad del mundo...

      La mayoría de las personas leen la Biblia buscando palabras que los hagan sentir cómodos y seguros. Pero los que la escribieron hablaban con una fuerza y una inspiración que hoy en día nos cuesta procesar.

En 1 Corintios 4:13, el apóstol Pablo escribió una frase que las traducciones modernas han dejado borrosa. Él dijo:

Hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos”.

Al traducir la palabra original que usó Pablo, que es la palabra griega “Peripsima”, como escoria o desecho, nos han hecho creer que Pablo se sentía derrotado, pobrecito, o con la autoestima baja. ¡Nada más falso! Pablo no se estaba quejando; estaba revelando el patrón de funcionamiento de Real Sacerdote del Reino de Dios.

Para entender el impacto de esto, hay que viajar a las calles de la antigua Grecia, que es donde se inventó esta palabra. En el idioma griego, peripsima viene de una acción muy cotidiana: significa «limpiar restregando con fuerza». Imagínate cuando una olla tiene la grasa más dura y pegada en el fondo, y tú le das con firmeza para arrancar esa costra. Eso sucio que se arranca y se queda atrapado en el cepillo o la esponja, eso es el peripsima.

Pero los griegos llevaron esto a un nivel espiritual y social. Cuando una ciudad de Grecia caía en una crisis terrible como una peste que mataba a la gente, una hambruna o una guerr, los ciudadanos entraban en pánico, se desesperaban y empezaban a destruirse entre ellos.

Entonces, los gobernantes hacían un ritual público. Buscaban a un hombre fuerte y, en un acto ante todo el pueblo, lo cargaban simbólicamente con todos los problemas, las culpas, las quejas y la maldición que estaba destruyendo la paz de la ciudad. Al sacarlo al frente de la batalla o expulsarlo del pueblo, toda la multitud le gritaba con fuerza: “¡Sé nuestro peripsima!”.

El pensamiento de los griegos era claro: “Necesitamos que alguien fuerte atraiga hacia sí toda la suciedad, absorba el golpe de la crisis y se trague el daño para que el resto de nosotros quede limpio, a salvo y pueda seguir adelante».

 

¿Por qué Pablo usó esa palabra?

Pablo le estaba escribiendo esta carta a la iglesia de Corinto, una ciudad completamente griega. Cuando ellos leyeron la palabra Peripsima, no se imaginaron a una víctima dando lástima. Se imaginaron al muro de contención de la maldad de la sociedad.

Pablo tomó una costumbre de la cultura de su época y la transformó en un diseño de amor santo. Le estaba diciendo a la iglesia: “Los griegos obligan a alguien a ser el peripsima por miedo; pero nosotros, los líderes en Cristo, nos convertimos en el peripsima voluntariamente por amor”.

 

Hoy en día, el peripsima de Dios no es una escoria o basura que se bota; es el recurso más valioso de la casa. Es como un buen rompeolas en la playa.

Cuando viene una tormenta en el mar, las olas gigantes echan furia y amenazan con destruir las lanchas, romper las casas de la orilla y tragarse la playa. Para evitarlo, se construyen los rompeolas: esos muros de piedras gigantescas, pesadas y sólidas que entran directo al agua.

 

¿Qué hace el rompeolas?

Recibe el golpe más violento y furioso de la ola. No deja que la ola pase con su fuerza destructiva. La frena, la rompe y la obliga a calmarse. Gracias a que el rompeolas aguantó el impacto, el agua llega a la orilla mansa y tranquila, permitiendo que los niños jueguen seguros y la vida continúe.

Aquí es donde mucha gente se confunde en la iglesia por la mala traducción. Ser el peripsima de tu hogar, de tu trabajo o de tu ministerio no significa ser una alfombra para que los demás te pisen o para alcahuetearles la irresponsabilidad de su desorden de vida para siempre. El rompeolas no es de barro; es de roca sólida.

Cuando en tu casa viene una «ola» de chismes, de insultos, de amargura o de crisis, el líder débil se esconde o devuelve el golpe, haciendo la tormenta más grande. Pero el líder peripsima se planta con autoridad y dice: “Esa ola choca conmigo y aquí se muere”.

Tú absorbes el golpe del mal momento para poner orden, no para aplaudir el pecado. Recibes el problema con calma para obligar al ambiente a alinearse. Al ver tu firmeza, los que venían haciendo el desastre se ven obligados a frenarse, a rectificar y a madurar.

 

Ahora, para ser el rompeolas de la casa se necesita una fuerza que no es humana. Cualquiera grita, cualquiera insulta y cualquiera se descontrola cuando la vida se pone difícil; pero hace falta estar hecho de titanio espiritual para quedarse firme y en calma mientras la ola te golpea la cara.

 

¿De dónde sale esa fuerza? Las piedras del rompeolas pasan todo el día recibiendo impactos, pero están profundamente metidas en el mar. Tu vida tiene que estar metida en Dios. Cada vez que recibas un golpe fuerte de la vida o de la gente, tu deber como líder no es desquitarte con tu familia; tu deber es ir a solas a los pies de Jesús y decirle: “Señor, hoy la ola golpeó duro, cárgame de tu firmeza”. Dios te repara las grietas, limpia la amargura que recibiste y te da nuevas fuerzas cada mañana.

Nadie va a la playa a tomarse fotos con el rompeolas, ni a darle las gracias a las piedras por haber aguantado la tempestad de la madrugada. La gente simplemente disfruta de la orilla tranquila.

El verdadero servidor no busca que le aplaudan ni que le den las gracias en público. Su mayor premio no es el reconocimiento humano; su mayor premio es mirar hacia atrás y ver que su familia, sus hijos, su cónyuge o su equipo están creciendo seguros, en paz, y que la tormenta no los tocó.

Ser el líder no es ser el adorno más caro y lujoso de la sala; es tener la madurez para ser el rompeolas del diseño de Dios: el que se planta en la brecha, captura la amargura del ambiente, absorbe el impacto de la crisis y se asegura de que la familia que tanto le costó construir, jamás se destruya.

Bendiciones a todos…

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