Imagínate a un hombre que vive en una casa hermosa, pero descuidada. El techo gotea, las paredes tienen grietas y el jardín está lleno de maleza. Un día, este hombre recibe una noticia increíble: es el hijo de un Rey poderoso y ha sido nombrado gobernador de esa misma propiedad para transformarla en un palacio. Pero hay un problema de comunicación. El hombre lee el mensaje y entiende que, como ahora es hijo de un Rey, su destino es vivir en el castillo dorado del Rey, muy lejos de allí.
Entonces, en lugar de arreglar las goteras, abre más huecos en el techo «para ver mejor el cielo«. En lugar de limpiar el jardín, deja que la maleza lo consuma todo porque, según él, «esta casa ya no es mi hogar«. Se sienta sobre su maleta, ignorando el hambre de sus hijos y el frío de la noche, mirando fijamente hacia las nubes, esperando que un carruaje venga a sacarlo de esa miseria. Mientras tanto, el Rey observa desde su trono con profunda tristeza, porque envió los recursos, envió los planos y envió la autoridad para que su hijo reinara en esa casa; pero el hijo prefirió convertirse en un refugiado esperando una evacuación que no está en el contrato.
Esta historia resume perfectamente la tragedia de la mente religiosa frente a la realidad del Reino. Durante siglos, se nos ha enseñado una frase que ha servido como la excusa perfecta para la negligencia: «Mi Reino no es de este mundo«. Al escuchar esto, el religioso promedio siente un alivio inmediato. Piensa que este planeta es una sala de espera ruidosa y sucia de la cual hay que escapar lo antes posible. Sin embargo, cuando Jesucristo pronunció esas palabras frente a Poncio Pilato, no estaba dándonos un ticket de salida, sino una declaración de guerra contra el sistema de opresión de ese momento.
Para entender esto, debemos mirar las palabras con los ojos de un habitante de la época, no con los anteojos de la religión moderna. En el idioma original, cuando se dice que el Reino no es «de» este mundo, se utiliza una partícula que indica origen, no ubicación. Es como si un embajador venezolano en Roma dijera: «Mi autoridad no es de Italia«. No está diciendo que no está en Italia, ni que no le importa lo que pase en Roma; está diciendo que el poder que lo respalda, las leyes que lo rigen y los recursos que gestiona no vienen del gobierno italiano, sino de su patria. Él está allí para ejecutar una función; no para hacerse ciudadano romano ni para mudarse para siempre, sino para representar un diseño superior en un territorio extranjero.
El gran engaño religioso ha sido confundir el «mundo» con la creación física. Cuando el texto habla del «mundo» que no debemos amar, se refiere al «Cosmos«, que es una palabra técnica para definir un sistema de gobierno, una estructura de pensamiento que se mueve bajo la envidia, el orgullo, la corrupción y la muerte. El Reino no es de «ese sistema». El Reino no usa la mentira para ganar, ni la fuerza para imponerse, ni el miedo para controlar. Su origen es el diseño perfecto del Padre. Por lo tanto, decir que el Reino no es de este mundo significa que no aceptamos las reglas de juego de este sistema caído para vivir, sino que estamos aquí para imponer las reglas de juego del Cielo.
Si el plan de Dios fuera simplemente sacarnos de aquí, la redención sería un error de logística. ¿Para qué restaurar tu mente? ¿Para qué sanar tu cuerpo? ¿Para qué darte talentos y autoridad si al final todo se va a quemar y nos vamos a ir? La verdad que duele a la mente religiosa es que somos una fuerza de invasión legal. El Cielo es el centro de mando, pero la Tierra es el campo de operaciones. Cuando nos enfocamos en «irnos«, nos volvemos inútiles para el propósito por el cual fuimos creados. Un gobernador que solo piensa en las vacaciones en la capital mientras su provincia se cae a pedazos es un funcionario negligente.
La religión ha creado personas «tan celestiales» que no sirven para nada en la Tierra. Gente que sabe mucho de ángeles y de nubes, pero no sabe cómo transformar su economía, cómo educar a sus hijos con principios de gobierno o cómo llevar orden a su comunidad. Se han vuelto expertos en esperar, cuando fueron llamados a ejecutar. El escapismo es la doctrina de los que no quieren pelear la batalla de la transformación. Es más fácil mirar al cielo esperando un rescate que doblar las rodillas y trabajar la tierra para que el diseño del Reino se manifieste.
Debemos recuperar la dignidad de ser los administradores de la creación. El Reino de los Cielos no es un lugar al que vas cuando mueres; es un gobierno que traes mientras vives. Cuando Jesús nos enseñó a pedir que se haga la voluntad del Padre «en la Tierra como en el Cielo«, nos estaba entregando la responsabilidad de cerrar la brecha entre ambos. El Cielo ya está en orden, allí no hay trabajo que hacer. El trabajo está aquí, donde el sistema del mundo ha causado estragos.
Por eso, la próxima vez que sientas ese impulso religioso de querer escapar porque «la situación está difícil», recuerda la historia del hijo del Rey sentado en su maleta. La dificultad no es una señal para irse, es una señal de que hace falta un gobierno. No somos de este sistema; procedemos de una casta superior, con una constitución eterna y un Rey invencible. Nuestra función no es ser evacuados, sino ser agentes de cambio que, con la autoridad del Cielo, obliguen al caos de la Tierra a alinearse con el orden de Dios. Deja de mirar las nubes como una ruta de escape y empieza a mirarlas como el recordatorio de la Gloria que hoy debe caminar a través de tus pies en este suelo que pisas. Porque el Rey no viene a buscar esclavos cansados de vivir, sino que pide cuentas, en cada generación, a los gobernadores (reyes y sacerdotes) que debieron haber transformado el mundo.
Bendiciones a todos.
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