Durante décadas, el mundo del deporte vivió bajo una sombra paralizante. Los científicos, armados con estetoscopios y ecuaciones, habían decretado una sentencia: el cuerpo humano no está diseñado para correr 100 metros en menos de 10 segundos. Se decía que el corazón explotaría, que los músculos se desprenderían de los huesos como papel rasgado. No era solo una opinión; era «la verdad científica» de la época. Los atletas llegaban al 10.1, al 10.0, y allí se detenían, no porque sus piernas no pudieran dar más, sino porque sus mentes aceptaban el límite impuesto por las autoridades.
Sin embargo, el 14 de octubre de 1968, Jim Hines corrió en 9.95 segundos. No hubo explosiones, ni corazones rotos, ni catástrofes. Lo que hubo fue una ruptura del paradigma. Hines no solo venció al reloj; venció a los expertos, a la narrativa del miedo y a la «verdad» establecida.
Hoy, en el ámbito de la fe, nos encontramos ante una barrera similar. Hemos construido muros doctrinales de «10 segundos» que nadie se atreve a cruzar. Nos han dicho que lo que aprendimos en los últimos 200 años es la frontera final de la verdad. Pero La Escritura, nuestra fuente de autoridad máxima, nos llama a ser «los Jim Hines de este tiempo”: a cuestionar los límites impuestos por los hombres para alcanzar la libertad de la Verdad de Dios.
Así como los médicos de 1960 advertían sobre desgarros musculares, muchos líderes religiosos advierten que cuestionar una doctrina heredada es considerado herejía. Se nos enseña que si movemos una piedra del edificio doctrinal que nos entregaron, todo se vendrá abajo.
La Biblia dice en Colosenses 2:8: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.”
La «barrera de los 10 segundos» en la iglesia es la tradición humana disfrazada de mandato divino. El lenguaje básico es este: nos da temor pensar por nosotros mismos porque nos han dicho que pensar es peligroso y que aceptar por obediencia es lo que agrada. Pero el peligro real no es cuestionar, sino ser engañados por «huecas sutilezas» que no vienen de Cristo, sino de hombres que temen perder el control sobre la narrativa impuesta por sistemas humanos diseñados para ejercer dominio sobre la iglesia.
Si Jim Hines hubiera escuchado a los médicos, nunca habría acelerado en los últimos metros. Si tú solo escuchas la tradición por encima de la Palabra, nunca conocerás las verdaderas profundidades de Dios.
Antes de 1968, casi todos los expertos del deporte estaban de acuerdo: bajar de 10 segundos era imposible. Esa mayoría creaba una sensación de seguridad. «Si todos dicen que no se puede, es que no se puede».
En la iglesia ocurre lo mismo. Creemos que si diez mil ministros del altar dicen que algo es así, entonces debe ser verdad. Pero la verdad no es democrática. La verdad es divina.
Miremos lo que dice Éxodo 23:2: “No seguirás a los muchos para hacer mal, ni responderás en juicio inclinándote a los más para hacer agravios.” Seguir a la mayoría solo porque es mayoría es una forma de pereza intelectual y espiritual. La historia de la Biblia es la historia de hombres que fueron en contra de la mayoría. Noé fue el único que construyó un arca cuando la mayoría se reía. Josué y Caleb fueron los únicos dos que creyeron que podían conquistar la tierra, mientras la mayoría de los espías decía: «es imposible, somos como langostas ante ellos».
La autoridad de un ministro antecesor tiene valor, pero no es infalible. Gálatas 1:8 es disruptivo y radical: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.” Pablo está diciendo: «Cuestiónenme incluso a mí si me desvío de la esencia de Cristo». Si Pablo dio permiso para ser cuestionado, ¿quiénes somos nosotros para elevar las interpretaciones de hombres modernos a un estatus de incuestionables?
Antes de Jim Hines, el cronometraje era manual. El error humano de los jueces hacía que los tiempos fueran imprecisos. En la iglesia, el «cronometraje manual» es nuestra interpretación personal, sesgada por nuestra cultura, nuestra crianza y nuestros prejuicios.
Muchos dicen: «Mis maestros nunca se equivocaron en su interpretación». Pero la Biblia nos dice en Romanos 3:4: “Antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso…”
Cuando aceptamos una doctrina simplemente porque «así se ha enseñado siempre», estamos usando un cronómetro manual defectuoso. La única forma de tener un «cronometraje electrónico» (exacto y puro) es volviendo a las Escrituras con ojos frescos, permitiendo que el Espíritu Santo nos enseñe, más allá de lo que el «juez de pista» (el líder religioso de turno) diga.
La barrera mental se rompe cuando entendemos que nuestros antecesores eran hombres, y como hombres, tenían puntos ciegos. Negar esto es idolatría intelectual.
Jim Hines fue disruptivo porque se atrevió a correr como si el límite no existiera. Para nosotros, correr de esa forma significa cuestionar.
Cuestionar no es rebeldía; es fidelidad a la Verdad. Jesús fue el mayor cuestionador de la historia. Él se enfrentó a los expertos de la ley que tenían «la barrera de los 10 segundos» muy bien establecida. Él les dijo en Mateo 15:6: “…así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición.”
¿Cuántas veces estamos defendiendo tradiciones de hombres mientras invalidamos el amor, la justicia y la verdadera interpretación de Dios? La enseñanza pedagógica aquí es simple: La verdad no teme al examen. Si lo que crees es verdad, aguantará cualquier pregunta. Si te prohíben cuestionar, es porque lo que te enseñan no es una roca, sino un castillo de arena.
El mundo del atletismo se estancó en los 10.0 segundos por años. La iglesia se ha estancado en interpretaciones de hace 200 años por miedo a ser llamados «herejes».
Ser llamado «hereje» por los hombres a veces es el precio de ser fiel a Dios. Martín Lutero fue un «Jim Hines» de la fe. Los «científicos» de la religión de su época decían que solo la institución podía salvar, pero él leyó en la Biblia: “Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17. Él rompió la barrera y el mundo cambió.
Tienes el deber de cuestionar incluso lo que has aprendido por tu propia cuenta. 1 Tesalonicenses 5:21 dice: “Examinadlo todo; retened lo bueno.” «Todo» significa todo:
– Lo que te enseñó tu pastor favorito.
– Lo que dice la denominación más grande.
– Lo que tú mismo creíste ayer.
Si no examinamos, no estamos creciendo; estamos simplemente repitiendo. El estancamiento es la muerte del espíritu.
Después de que Jim Hines bajó de los 10 segundos, otros lo hicieron. Hoy es lo normal. Cuando tú te atreves a romper la barrera de la tradición ciega y empiezas a buscar a Dios con honestidad, abres el camino para que otros también lo hagan.
La meta no es ser diferentes por el gusto de serlo, sino ser libres, responsabilizándonos por la verdad. Juan 8:32 dice: “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” La verdad no te hace esclavo de una autoridad humana; te hace libre bajo la autoridad de Dios. El «muro infranqueable» de las doctrinas heredadas solo es real si tú decides no correr. Pero si decides aplicar la fe, el estudio y el cuestionamiento sano, verás que el cuerpo de Cristo es mucho más grande, más glorioso y más profundo que los límites que nos dibujaron en la escuela dominical.
Jim Hines no necesitó permiso para correr rápido; solo necesitó correr. Tú no necesitas permiso de las mayorías para buscar la verdad profunda en las Escrituras.
No permitas que la narrativa del «miedo al colapso» te detenga. No permitas que el peso de los ministros del pasado detenga tu reloj. Recuerda las palabras de Hebreos 12:1: “…despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.”
A veces, ese «peso» que debemos soltar es la opinión de los hombres y las tradiciones que nos impiden ver a Dios tal como Él es. La barrera de los 10 segundos ha caído. La barrera de la tradición ciega también debe caer. Corre, cuestiona y encuentra la Verdad que está más allá de los límites de los hombres.
Bendiciones a todos…
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