Hoy en día, casi todo el mundo en las congregaciones cristianas busca un micrófono, una tarima alta y un título elegante. Nos han vendido la idea equivocada de que ser un líder espiritual significa estar arriba, en el lugar donde todos te ven, te aplaudan y te obedecen. Sin embargo, la Biblia nos enseña exactamente lo contrario. El apóstol Pablo usó una sola palabra antigua que debería hacernos temblar y cuestionar por completo todo lo que vemos hoy en los altares. Esa palabra es Hipereta.
Cuando leemos en 1 Corintios 4:1: “Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo…”, la palabra original en griego que se tradujo como “servidores” no significa jefe, ni pastor de honor. Significa, literalmente, un remero de fondo. Un esclavo encadenado en la parte más baja, oscura y sucia de un barco de guerra.
Para entender esto, debemos mirar cómo eran esos barcos antiguos. Eran naves gigantes que no se movían con motores, sino con la fuerza de los brazos humanos. En la parte de arriba, bajo la luz del sol, estaban los soldados con sus armaduras brillantes. Ellos se llevaban las miradas y la atención de la gente, ellos representan a los que manifiestan a Cristo, la iglesia verdadera.
Pero abajo, en la bodega profunda, estaban los hiperetas jalando los remos. La vida de estos sirvientes tenía tres reglas:
Eran totalmente invisibles: Nadie desde afuera veía sus rostros, ni sabía sus nombres.
Hacían el trabajo más duro: Pasaban el día sudando, con las manos llenas de llagas por la madera.
Eran el verdadero motor: Si los de abajo se detenían, el barco no se movía y los soldados de arriba no podían pelear. Esos son los ministros que edifican el Cuerpo de Cristo.
Por eso Pablo, unas líneas más adelante, en 1 Corintios 4:6, lanza una advertencia inapelable: “…para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros”. Pablo les dice: “¡Dejen de inflarse de orgullo! Nosotros somos solo remeros de fondo”.
Si hoy miramos muchos templos, veremos que el modelo de liderazgo está al revés. Muchos ministros actuales han cambiado su lugar por ser los soldados de la cubierta superior. Han convertido la fe en una pasarela de vanidad. El mayor profeta, el mejor maestro y el apóstol más ungido.
El peligro es que hemos puesto a la iglesia entera a trabajar abajo, sufriendo, solo para que el líder brille arriba.
Jesús mismo confrontó esta actitud con fuerza en Mateo 20:25-26: “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas… Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor”. El líder no recibió un llamado para que lo sirvan; recibió un llamado para bajarse a la bodega, sufrir en silencio y cargar los pesos que nadie más quiere cargar. Cuando un ministro insiste en quedarse arriba acaparando la atención, le está robando el espacio al pueblo de Dios.
¿Por qué Dios diseñó las cosas así? Porque cuando el remero se esconde en el fondo, ocurren dos milagros:
Primero, Jesucristo se lleva toda la gloria. El mundo no se queda mirando la ropa o el orgullo de un hombre, sino el poder de Dios en medio de su pueblo. Como dice 1 Corintios 1:31: “El que se gloría, gloríese en el Señor”.
Segundo, el Cuerpo de Cristo se manifiesta. El trabajo del ministro no es brillar, sino dar el impulso desde abajo para que toda la iglesia se mueva, use sus dones, ayude al necesitado, predique y brille como luz del mundo. El apóstol Pablo lo dejó claro en Efesios 4:11-12, al explicar para qué Dios puso líderes: “…a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”. El líder entrena y empuja desde abajo para que sea el cuerpo el que trabaje y se manifieste en la tierra.
Regresemos a la bodega
Exhortación a los Remeros
A cualquiera que tenga un cargo, un micrófono o un grupo a su cuidado: Suelte el orgullo ahora mismo.
Dios jamás te llamó a sentarte en un trono dorado a dar órdenes. Dios te llamó a tomar un remo lleno de astillas. Tu lugar correcto es el anonimato del servicio diario, donde el único que te ve es tu Padre celestial.
Es el momento de bajarse de las tarimas de la vanidad. Cuando los ministros que edifican vuelvan a su verdadera posición como hiperetas, la Iglesia tendrá la fuerza espiritual para avanzar y en la unidad de un mismo Espíritu, transformar el mundo. Deja de exigir que te miren, bájate a la bodega y empieza a remar.
Bendiciones a todos…
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