Imagina por un momento que te encuentras en el campo de golf más hermoso que hayas visto. El césped es de un verde tan perfecto que parece una alfombra, y el sol brilla sobre el horizonte. Estás en la final del torneo más importante del mundo. A tu izquierda, está el campeón mundial: un hombre que ha practicado diez horas al día durante toda su vida, con zapatos de cuero finos y los mejores palos de oro. A tu derecha, estás tú.
Tú nunca habías tomado un palo de golf. Tus manos están callosas por el trabajo duro y no tienes ni idea de cómo pararte frente a la pelota. El público guarda silencio. El campeón lanza su primer tiro y la pelota vuela como un rayo, cayendo justo donde él quería. Te toca a ti. Sientes que todos te miran y sabes que, por más que te esfuerces, es imposible que le ganes. El abismo entre su talento y tu falta de experiencia es demasiado grande. Estás destinado al fracaso.
Pero, de repente, alguien camina hacia ti. No es un espectador cualquiera; es el dueño del campo. Se para detrás de ti, pone sus manos sobre las tuyas y te susurra: «No te preocupes. Yo jugaré a través de ti».
¿Qué es el Hándicap?
En el golf, existe algo llamado hándicap. Es un número que sirve para que un principiante pueda jugar contra un experto y tener la misma oportunidad de ganar. Si el experto es muy bueno, tiene un hándicap de cero. Si tú eres nuevo, te dan una «ventaja» de muchos puntos. Al final, se restan esos puntos de tu cuenta y, mágicamente, tu esfuerzo se iguala al del profesional. El hándicap borra la diferencia de talento para que ambos sean iguales ante las reglas del juego.
En la vida espiritual, nos pasa lo mismo que en nuestra historia. Por un lado, vemos personas con muchos talentos, estudios o riquezas; y por otro, nos vemos a nosotros mismos, llenos de lo peor de las fallas. Pero la Biblia dice que ante Dios, «todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Nadie es lo suficientemente bueno para ser parte de la nobleza del Reino por su propia cuenta.
Aquí es donde entra el Espíritu Santo como nuestro hándicap divino.
Cuando el Espíritu de Dios viene sobre nosotros, sucede algo asombroso: nuestros talentos humanos o nuestras debilidades se vuelven «cero». Ya no importa si eres sabio o sencillo, rico o pobre. Lo que importa es la Unción. El Espíritu Santo nos iguala el campo (Reino). Como dice la Palabra: «No es con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los Ejércitos» (Zacarías 4:6).
Hay situaciones donde sale a relucir lo peor de nosotros, eso que ni siquiera vemos pero que daña a otros y nos separan como grupo. Pero luego de la tormenta siempre llega la calma para los que andan en el hándicap del Espíritu. No permitas que tu vida sea una continúa tormenta de egos enfermos.
Dios es tan puro que no puede mirar el pecado. Si intentáramos presentarnos ante Él con nuestras propias fuerzas, seríamos «desterrados del Reino» por muy bueno que seas, como alguien que intenta entrar a una fiesta de gala vestido de harapos. Pero cuando aceptamos a Jesús, Él se convierte en nuestra cobertura, en nuestra vestimenta de nobleza.
Es como si Dios Padre nos mirara a través de un cristal: Él no ve nuestros errores, ve a Su Hijo en nosotros.
En el Hijo somos iguales: Ante la cruz, el título universitario y el oficio más humilde valen lo mismo. Todos necesitamos la misma medida de gracia.
Sin Él, estamos perdidos: Sin este «hándicap» que Jesús nos compró con su sangre, jamás podríamos cumplir nuestro propósito. Separados de Él, nada podemos hacer (Juan 15:5).
No te sientas menos que nadie por lo que te falta, ni te sientas más que nadie por lo que tienes. En el Reino de los Cielos, el Espíritu Santo es el que nos capacita. Él es quien toma nuestras manos torpes y nos ayuda a dar el tiro perfecto para cumplir el propósito de Dios en la tierra.
Hoy, el Dueño del campo te dice: «No confíes en tu propia habilidad. Deja que mi Espíritu sea tu ventaja».
Bendiciones a todos…
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