¿Sistema de Galardones?

Definitivamente la religión es corrosiva para el Reino...

     La religión, por naturaleza humana, tiende a convertir la relación con lo Divino en un sistema de meritocracia. Queremos saber cuánto nos deben, qué nos hemos ganado y cómo nos diferenciamos del «otro». Sin embargo, el mensaje central de Cristo es una irrupción constante a este sistema de expectativas.

¿Por qué nos obsesiona tanto el galardón? Porque el ego humano necesita medir el esfuerzo. El religioso dirá: “Si trabajo más, merezco más; si me esfuerzo más, debo tener una corona más brillante».

 

¡Cuidado con la doctrina de los galardones!

 

Cuando convertimos el galardón en un «objeto» (una medalla, un trono, un título), lo reducimos a una indulgencia del siglo XXI: una moneda de cambio donde el cielo se convierte en una oficina que paga por horas trabajadas. Esto es peligroso porque nos aleja de la Gracia y nos encierra en el desempeño personal.

 

La trampa de los niveles

Las personas que hablan de «niveles» terminan buscando distinción. Quien busca galardón lo hace para exhibirlo. Todo es un sistema de egos enfermos donde el entendimiento de uno se siente superior al del otro, y donde finalmente terminamos usurpando el lugar del Espíritu. En el ámbito de los hombres, escuchamos frases como: «Sujétate, yo soy tu cobertura porque tengo más nivel que tú».

 

La Parábola de la Viña: La muerte de la meritocracia

La parábola de los obreros de la viña (Mateo 20:1-16) es la herramienta más efectiva para destruir esta doctrina. El dueño de la viña paga lo mismo al que trabajó todo el día que al que llegó en la última hora.

El religioso se queja: “¿Por qué él tiene lo mismo que yo, si yo me esforcé más?».

La respuesta del Señor es un golpe de realidad: «¿Es tu ojo malo porque yo soy bueno?» (Mt 20:15).

Imagina la escena: Cristo sentado en su escritorio, y frente a él, los salvados formados en dos filas. A la derecha, los que esperan recibir un galardón especial; a la izquierda, los que apenas se conforman con dar gracias de ser salvos. ¡Qué triste imagen para un Reino inconmovible!

El problema no es el salario del otro, es la falta de comprensión de la naturaleza de Dios. La recompensa no es un «pago por servicios», es la generosidad absoluta del Dueño.

 

El Galardón es Él

Apocalipsis 22:12 dice: «Mi galardón conmigo».

Cristo no dice: «Traigo una maleta llena de premios para los más esforzados». Dice: «Mi galardón conmigo».

El galardón es Él mismo. Si el galardón fuera un objeto, sería externo a nosotros. Pero si el galardón es el mismo Señor, entonces el galardón es lo que sucede cuando habitamos en Él. Dios nos dio el galardón por adelantado: nos entregó lo más valioso, Su Hijo. ¿Quién necesita una corona de la cuál presumir, si el Padre y el Hijo están morando en él?

La vida eterna no es una recompensa que se recibe al final de una carrera de servicios. Como dice Juan 17:3, “la vida eterna es conocerle”.

Si buscas una corona de oro, buscas un objeto que te separa de los demás.

Si buscas la Vida Eterna, buscas la unión con el Autor de la Vida.

La enseñanza definitiva es esta: No hay «niveles» de presencia divina. No puedes estar «más unido» a Dios que otros, porque la unión no es una cuestión de grados, sino de existencia. O estás en Él, o no estás. Todo aquel que mora en el Autor de la Vida ya posee el galardón completo, porque posee la Vida misma.

El religioso mide el amor de Dios con una regla de mercado y se queja del salario de su hermano. El hijo, en cambio, simplemente disfruta la mesa del Padre.

La verdadera recompensa de haber servido, sufrido o trabajado por amor, no es lo que obtienes, es en quién te has convertido y con quién caminas. Deja de esperar una medalla de oro; ya tienes al Dueño de la viña caminando contigo. Ese es el único galardón que trasciende el tiempo y el ego.

Bendiciones a todos…

 

 

 

 

 

 

 

 

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