Gn 1:31: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto».
Amados, ¿hizo Dios algo malo durante los días de la creación? No.
¿Serán malos los huracanes, las erupciones volcánicas o los terremotos?
La Tierra es un sistema con fuerzas inmensas en constante movimiento, y así ha sido desde el principio. Estas fuerzas son necesarias dentro del plan divino: dan forma a la corteza terrestre y nutren la superficie del planeta.
¿Generan cataclismos? Sí, pero estos forman parte de un plan divino que solo Dios conoce en su totalidad; por lo tanto, son buenos en gran manera.
El miércoles 24 de junio de 2026, la Tierra experimentó una impactante sincronía geológica al activarse tres fallas totalmente independientes en un lapso de apenas ocho horas. Todo comenzó en el norte de California (Willits) a las 8:10 a.m., hora local, con un sismo de magnitud 5.6. Exactamente siete horas después, a las 6:04 p.m., un devastador doblete sísmico golpeó el norte de Venezuela (Yaracuy y Caracas) con magnitudes de 7.2 y 7.5. Finalmente, solo 19 minutos después del evento venezolano, la costa norte de Japón (Iwate) sufrió un violento terremoto de magnitud 7.2.
Mientras la tierra se estremecía en el centro de Venezuela, se celebraban fiestas y rituales religiosos. En las calles, las cofradías folclóricas veneraban a San Juan Bautista al repique festivo de los tambores. Simultáneamente, en los altares y espacios del espiritismo marialionzero en Yaracuy, los devotos invocaban a la deidad Tiembla Tierra. Dos expresiones espirituales distintas se fundieron en un instante terrible para muchas familias venezolanas.
¿Quiénes son los malos, los más pecadores? ¿Los que murieron tapiados? ¿Es ese el castigo divino? Y los que adoraban a deidades espirituales y no murieron, ¿son los buenos?
Marcos 10:18 lo deja muy claro:
«Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios».
En Lucas 13:1-5, el Maestro por excelencia nos enseña que todos vamos a perecer si no nos arrepentimos. Nuestra tarea no es señalar quién es bueno o malo; nuestra labor es servir de puente propiciatorio para que hombres y mujeres se arrepientan y se reconcilien con el Señor. Esa es la justicia que nos corresponde hacer primero.
Los que estaban en Japón, cuyo temblor ocurrió 19 minutos después del venezolano, ¿le estaban bailando a maría lionza? No.
Dejemos a un lado la religiosidad, la condenación y el señalamiento con el cual los de Jerusalén querían demostrarle a Jesucristo que eran más buenos que los de Galilea. Tenemos una única justicia que engloba todas las obras que han sido preparadas de antemano para que andemos en ellas: hacernos responsables del Ministerio de la Reconciliación.
Dios, como buen Padre, advierte cuando algo va a ocurrir. Siempre. Tal como un padre terrenal advierte a su hijo, nuestro Padre celestial nos advierte de todas las cosas.
¿Será bueno sembrar? ¿Será malo sembrar?
Ante nuestros ojos, sembrar es lo correcto e idóneo; no hacerlo parece imperfecto. Repito: ante nuestros ojos. Pero no se trata de sembrar por sembrar: si no lo haces en el tiempo correcto y en la tierra fértil, la cosecha será escasa o nula, lo que resultará en una gran pérdida.
Mira lo que dice Jesucristo en Mateo 7:9-11:
«¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?».
¿Qué vas a pedir entonces? ¿Lo que tú crees que es bueno? ¿Que se te concedan tus anhelos, sueños o intereses personales?
Pide como conviene: ¡Que se haga Su voluntad! ¡Que se cumpla Su justicia! ¡Que nos guíes de día y de noche en el ministerio de la reconciliación! ¡Que nos concedas más tiempo con el hombre de la higuera estéril de Lucas 13:6-9 para poder alcanzar a muchos!
Para Dios y su Cristo es fundamental que aprendamos a dar frutos de justicia en nuestro tiempo; eso es lo que hace que tu vida sume y no reste al propósito divino.
Una patria no se transforma repitiendo los mismos errores con los de siempre. Una nación cambia de verdad cuando decide detenerse, rectificar y apartarse de sus malos caminos.
Bendiciones a todos…
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