El Credo del Reino

Religión es igual a sistema de control. Reino es igual al hombre libre que asume la responsabilidad del gobierno de los cielos en la tierra.

     Escucha, porque esto no es una profecía sobre lo que vendrá, sino el anuncio de lo que ya es. Se acabó la espera angustiante, el mirar al cielo buscando nubes y el conteo de sombras de un Anticristo imaginario. El reloj de la tribulación se cumplió hace mucho; ahora solo corre el tiempo de la manifestación.

 

El Hecho: La Puerta que nadie puede cerrar

Cristo no vino a fundar una religión, vino a demostrar lo que un Hombre es capaz de hacer cuando camina en unidad absoluta con el Padre. Su obra no fue un acto de magia sobrenatural que anuló nuestra naturaleza, sino la victoria de su humanidad. Al vencer, no solo pagó una deuda; rompió el cerrojo del Edén.

Hoy, el Edén no es un recuerdo de un pasado perdido ni un sueño para después de la muerte. Es un espacio reabierto, el acceso total donde la separación ha sido abolida. Cristo continúa completando la reconciliación de todas las cosas y nos entregó las llaves de ese ministerio. El Padre ya no está lejos; está accesible para todo aquel que decida dejar de vivir como un huérfano.

 

La Identidad: Una Sola Carne, Una Sola Nación

Olvídate de las catedrales divididas, de los dogmas que levantan muros y de esa «iglesia» que el mundo conoce por sus escándalos y fragmentaciones. Esa no es la Esposa. La verdadera Esposa de Cristo es una en Él; es una sola carne con Él. Es una nación de reyes y sacerdotes que han comprendido su propósito divino.

No estamos aquí para sobrevivir al mundo, sino para gobernarlo desde el servicio. Somos el punto de encuentro, el nuevo propiciatorio, el lugar donde los que caminan sin esperanza pueden tocar la verdad del Reino. Si el mundo nos ve divididos, es porque está mirando a la institución corrompida; pero si mira a la Nación de Reyes, verá una unidad basada estrictamente en el amor.

 

El Velo de la Escatología Institucional

Debemos entender que gran parte de lo que las instituciones eclesiásticas han sostenido, especialmente en estos últimos dos siglos —conceptos como el Arrebatamiento, la Gran Tribulación, el Armagedón o las Bodas del Cordero proyectados hacia un futuro incierto, nace de dos raíces ajenas al Espíritu.

La primera es la sed de protagonismo escatológico: esa necesidad humana de creer que nuestra generación es la elegida para el clímax final, alimentando un ego que crece con la expectativa. La segunda, más perversa aún, responde a un sistema de control de mentes maestras diseñado para mantener a la Iglesia distraída, mirando al cielo con temor mientras descuida su verdadera responsabilidad de gobierno y transformación sobre la tierra.

 

La Realidad: El Reino que se ensancha

Estamos viviendo en el Milenio. Los nuevos cielos y la nueva tierra no son el resultado de una explosión cósmica futura, sino de la restauración continua que ocurre cada vez que la luz le gana terreno a la oscuridad. El mundo hoy es mejor que en el siglo primero, y seguirá mejorando, porque el Reino es como la levadura: una vez que entra en la masa, no se detiene hasta que todo leuda.

No habrá un Armagedón que destruya la creación, porque la creación es el escenario que refleja la gloria de Dios en los cielos. La restauración es un proceso vivo, un Edén que se expande a través de nuestras manos, de nuestra ciencia, de nuestra arte y de nuestra compasión.

 

El Mandato: Honrar la Gracia con Justicia

Aquí es donde nos diferenciamos de los religiosos: nosotros no buscamos la salvación. ¿Cómo podrías buscar algo que ya se te dio por gracia? La salvación es el suelo que pisamos, la obra terminada de Cristo que aceptamos con gratitud infinita.

Nuestro tema no es «ir al cielo», nuestro tema es hacer justicia. Vivimos para honrar el regalo que recibimos. Hacer justicia no es un requisito para entrar al Reino, es la respiración natural de quien ya está adentro. Cada acto de amor, cada estructura de injusticia derribada, cada mano extendida, es la evidencia de que somos ciudadanos de este Edén reabierto.

 

La Libertad: El Invitado y el Anfitrión

El acceso es para todos, pero la entrada es una elección. El hombre es radicalmente libre. El éxito de Cristo fue abrir la puerta del Edén; nuestro éxito es caminar por ella e invitar a otros a hacer lo mismo. No hay juicios de fuego esperándote, solo la consecuencia de tu propia libertad. Quien elige el egoísmo, vive fuera del Edén; quien elige la unidad, ya habita en la eternidad.

Este es el Reino. No es futuro, es ahora. No es una espera, es una ocupación. Somos la descendencia de un Cristo que venció como hombre, para que nosotros, como hombres y mujeres, manifestemos la plenitud de Dios en la tierra.

Bendiciones a todos…

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