Duna

¿Quieres controlar a la gente? Diles que vendrá un mesías, y esperarán durante siglos...?

     Imagina que un ejército está atrapado en una trinchera, bajo el fuego enemigo. El general les envía un mensaje: “Ya gané la guerra, el enemigo fue derrotado en la capital. Salgan, tomen el territorio y establezcan mi gobierno”. Pero los soldados, por miedo o mala interpretación, deciden quedarse sentados en el lodo, diciendo: “No, para estar seguros mejor esperemos a que el general venga en persona a sacarnos de aquí”. Mientras esperan lo que ya se les ordenó hacer, el enemigo se reagrupa y mantiene azotados a los que esperan.

Esto es exactamente lo que el sistema de este mundo ha logrado hacer con gran parte del pueblo de Dios a través de la religión. Nos han vendido una esperanza reciclada, copiada del plan de redención. Compramos una fe que consiste en cruzarse de brazos a ver las noticias, lamentarnos por lo mal que está el mundo y esperar que el Mesías venga por “segunda vez” a rescatarnos del desastre, porque su primera venida de hace más de dos mil años no fue suficiente para liberarnos.

Para entender la gravedad de esto, debemos mirar el peligro desde fuera. En la literatura y la filosofía, los observadores más agudos del comportamiento humano han notado que no hay mejor manera de controlar a una masa que sembrarle la expectativa eterna de un salvador. ¿Y de dónde sacaron esa idea? De la simiente que vendría a herir la cabeza de la serpiente.

El escritor Frank Herbert, en su célebre obra «Duna», desnudó esta estrategia con una crudeza tremenda a través de sus personajes:

“¿Quieres controlar a la gente? Diles que vendrá un mesías, y esperarán durante siglos”.

Herbert advertía que cuando a un pueblo se le inocula la idea de que un héroe o un ser divino va a descender a resolverlo todo, ese pueblo cede su voluntad, apaga su mente y se adormece. Dejan de actuar en el presente porque toda su energía se traslada a un futuro que no controlan.

Siglos antes, pensadores como Nicolás Maquiavelo decía que para el poder político es sumamente útil que el pueblo tenga una fe pasiva, porque un pueblo que espera un destino divino es dócil y fácil de manejar.

Más tarde, Karl Marx llamaría a la religión “el opio del pueblo”, precisamente porque actúa como una droga: alivia el dolor del sufrimiento actual prometiendo una recompensa futura, pero deja al individuo inmóvil, sin reaccionar ante la realidad. 

Friedrich Nietzsche atacó esta misma postura llamándola “moral de esclavos”, argumentando que esperar un rescate externo frena y destruye el verdadero potencial del ser humano.

El sistema del mundo entendió la lección perfectamente de cómo Dios los derrotó con un solo hombre que cumplió toda justicia. Si no puedes destruir a la Iglesia persiguiéndola, adormécela, véndeles la idea de que son víctimas desvalidas esperando un nuevo rescate inminente, y habrás anulado su impacto sobre la tierra.

La gran ironía es que la Biblia jamás enseña una fe de brazos cruzados. Cuando revisamos las Escrituras en su contexto histórico, descubrimos que el Nuevo Testamento no nos presenta a una Iglesia derrotada que espera que su Rey venga a comenzar su Reino; nos presenta a una Iglesia que sabe que el Reino ya comenzó y que el Mesías ya triunfó.

Muchos creyentes viven esperando que Jesús venga a destruir el poder del diablo, a quitar el pecado y a reinar. Sin embargo, la Biblia habla de estas cosas en tiempo pasado.

Colosenses 2:15 dice:

“Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente en público, triunfando sobre ellos en la cruz.”

El texto no dice que Jesús triunfará en el futuro; dice que “ya triunfó” en la cruz. Los principados y potestades del sistema corrupto del mundo ya fueron legalmente despojados de su autoridad hace dos milenios.

¿Y qué pasa con el Reino? En Mateo 28:18, antes de ascender, Jesús no dijo “esperen a que me den el poder cuando regrese”. Él declaró de forma contundente:

Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”

Si Él ya tiene toda la potestad hoy, su reinado no es un evento del futuro; es una realidad presente. El sistema religioso nos ha hecho mirar hacia las nubes con una romántica esperanza, cuando el diseño original nos manda a mirar la tierra con autoridad.

Por supuesto que el Nuevo Testamento habla de la manifestación gloriosa de Jesús, pero nunca como un escape creativo por segunda aparición, sino como la consumación de una victoria gloriosa sobre los perseguidores de su iglesia en el primer siglo

En Hebreos 9:28 leemos:

…aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.

La epístola a los Hebreos fue redactada pocos años antes del 70 d.C., una época en la que la persecución contra la Iglesia era coordinada por las autoridades judías en alianza con el Imperio Romano. En ese contexto, la manifestación de Cristo no vendría a lidiar nuevamente con el pecado, sino a librar y salvar a la Iglesia de sus opresores. Esta liberación se consumó históricamente en el año 70 d.C., con la destrucción de Jerusalén y el Templo, acontecimientos que desarticularon el sistema perseguidor.

Aquellos que esperaban la intervención de Cristo no se encontraban escondidos en cuevas, atemorizados por el sistema imperante; al contrario, estaban afuera, administrando activamente los beneficios de la reconciliación y la victoria que su Sumo Sacerdote ya había conquistado años atrás en la cruz del Calvario.

El gran problema de la Iglesia hoy en día radica en su enfoque: al depositar toda su fe en una «segunda venida» futura, permite que el sistema del mundo y la religión le roben la eficacia al sacrificio en la cruz.

Jesús no vino para dejarnos en pausa; vino a establecer una nueva humanidad capitaneada por el Espíritu Santo, capaz de transformar realidades, familias, economías y naciones enteras.

Al asumir una postura meramente pasiva y de espera, el «opio» religioso surte su efecto adormecedor: dejamos de ser la sal de la tierra y la luz del mundo en el tiempo presente.

Iglesia de Dios: es hora de salir del engaño del diseño religioso que el sistema del mundo estructuró para mantenernos controlados. La doctrina de “segunda venida salvadora” es una estrategia del mundo y la religión para neutralizar tu verdadero potencial en Cristo.

No fuiste llamado a ser un espectador pasivo de la decadencia global, consolándote con que “ya pronto viene el rapto a sacarme de aquí”. Fuiste llamado a ser un embajador de un Reino que opera en el presente. Si el sistema te ve asustado, esperando un Mesías porque te sientes derrotado, el sistema sonríe; ha logrado aplicar la advertencia de Frank Herbert y el diagnóstico de Marx contigo: estás adormecido.

Rómpe la trampa religiosa. El Mesías ya vino, pagó el precio, rasgó el velo, derrotó el imperio de la muerte y te entregó las llaves del Reino. Deja de esperar que Él haga lo que ya te ordenó hacer a ti: manifestar su justicia, sanar la tierra, reformar las estructuras con la verdad del Evangelio y caminar como hijos maduros.

No te dejes controlar por la agenda del temor ni por la teología de la retirada. La Iglesia no es un hospital de moribundos que esperan la ambulancia del cielo; es el cuerpo vivo del Rey de reyes manifestando su victoria legal hoy.

Bendiciones a todos…

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