¿Cuántos son: dos o Uno?

Basta que cuentes cuántas personas forman tu matrimonio para saber a que te enfrentas...

     En una aldea rodeada de colinas vivía un anciano alfarero famoso por fabricar vasijas para almacenar agua en tiempos de sequía. Un día, una pareja joven acudió a su taller. Traían entre sus manos dos recipientes de barro, pero ambos tenían profundas grietas en los costados.

—Anciano —dijo el joven con amargura—, cada vez que intentamos llenar estas vasijas para llevar agua a nuestra casa, chocan en el camino, se golpean la una a la otra y el agua se derrama por completo. Hemos intentado atarlas con cuerdas, ponerles trapos en medio y separarlas, pero termina pasando lo mismo.

El anciano tomó ambas vasijas, las examinó despacio y las colocó sobre la mesa. Luego, ante la mirada atónita de los jóvenes, tomó un martillo pesado y, de un solo golpe certero, redujo las dos hermosas vasijas a polvo fino.

—¡Qué has hecho! —gritó la joven llorando—. ¡Eran nuestras vasijas!

El anciano no respondió. Tomó el polvo de las dos, lo echó en una sola artesa, vertió agua limpia y comenzó a amasar con fuerza. Las tierras de ambos recipientes se mezclaron de tal manera que sólo quedaba una masa. El anciano la colocó sobre el torno, moldeó una sola vasija nueva —más ancha, firme y profunda— y la metió al fuego abrasador de su horno.

 

La religión infunde miedo con el famoso fuego consumidor y no entiende que es parte del proceso unificador de Dios”.

 

Al salir de la fragua, la nueva vasija era sólida como la roca.

—El problema nunca fue la caminata ni el peso del agua —dijo el alfarero entregándosela—. El problema era que querían caminar siendo dos formas separadas que chocaban. Mientras existan dos voluntades buscando su propio espacio, el golpe es inevitable. Ahora no hay dos vasijas que golpeen; hay una sola que sostiene el agua para toda la casa.

 

La trampa de ser dos: donde el conflicto encuentra terreno

Cuando dos personas se unen pero conservan dos agendas distintas, dos orgullos intactos y dos maneras independientes de defenderse, han construido una mesa con espacio suficiente para que se siente un tercero llamado discordia.

El texto que nos convoca revela una verdad profunda: se necesitan dos para que el egoísmo fracture, para que el conflicto estalle y para que la venganza seque. La Palabra de Dios no ignora esta realidad. En el libro de Santiago se plantea con claridad : «¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?» (Santiago 4:1).

Cuando el matrimonio opera bajo la lógica de «lo tuyo y lo mío», de «mi derecho frente a tu falta», el suelo se vuelve fértil para el resentimiento. La traición o el desprecio no nacen de la nada; necesitan la distancia que se genera cuando dos personas viven bajo el mismo techo pero con dos visiones distintas. Si hay dos esquinas en la habitación, tarde o temprano habrá un combate. El mal no necesita inventar grandes estrategias para destruir una casa: solo necesita asegurarse de que la pareja siga pensando y actuando como dos entes aislados.

 

La matemática del Reino: el fin de la dualidad

El pasaje bíblico fundamental sobre el matrimonio no dice que dos personas se juntan para hacer un contrato de convivencia; dice algo mucho más radical: «Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Génesis 2:24).

Jesús mismo retoma este principio en el Evangelio de Mateo para cerrar toda brecha: «Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (Mateo 19:6).

Aquí radica la revelación: Si hay unidad, ya no son dos, y nada de lo anterior puede existir.

Pensemos en esto de forma sencilla: nadie se levanta por la mañana y decide cortarse la mano derecha con la izquierda por pura rabia. Nadie busca vengarse de su propio pie por haber tropezado con una piedra. ¿Por qué? Porque pertenecen al mismo cuerpo. Cuando la unidad se establece en el Espíritu, la venganza, el rencor y la opresión pierden todo sentido carnal. Hacerle daño al otro es hacerse daño a uno mismo.

En la arquitectura del Reino de Dios, la unidad no significa que dos personas pierdan su identidad, sino que ambas mueren a su ego para dar vida a una realidad superior. Cuando la vasija ha sido fundida en una sola, la traición se vuelve imposible, porque nadie traiciona la carne que lo sostiene.

 

La Unidad es la forma verdadera forma del Amor

Tendemos a pensar que el amor es únicamente un sentimiento, algo que se siente en el pecho cuando todo va bien. Pero el sentimiento cambia con el clima, con la fatiga y con las circunstancias. El amor de Dios no es una emoción flotante; el amor tiene una forma sólida, y esa forma es la Unidad.

El apóstol Pablo, al escribir a la iglesia de Éfeso, revela la dimensión completa de este misterio cuando dice: «Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido» (Efesios 5:33), después de haber explicado que la relación matrimonial es un reflejo vivo de Cristo con su Iglesia.

El amor no se prueba en las palabras bonitas, sino en la capacidad de construir una estructura donde el «yo» dejo de existir para dar paso al renacido “nosotros”. La unidad es el refugio. Cuando los vientos de la adversidad o las tensiones de la vida cotidiana golpean el hogar, no chocan contra dos personas tambaleantes que se culpan mutuamente; chocan contra un muro compacto formado por una carne que Dios ha formado con su justicia.

 

Que el Espíritu Santo, consolador y fuego consumidor, sople hoy sobre cada hogar.

Que caiga por tierra la soberbia de querer tener la razón a costa de la paz. Que el Señor tome el barro de nuestras vidas —con sus marcas, sus historia pasadas y sus viejas heridas— y nos quebrante con amor en su presencia, no para destruirnos, sino para quitar la terquedad que nos impide fundirnos en uno solo.

Que donde hubo dos posturas irreconciliables, el soplo de Dios levante un solo altar. Que la gracia de Cristo tape cada grieta por donde se filtraba el rencor, y que el amor manifiestado en la unidad sea el escudo que guarde a la familia hoy, mañana y para siempre. Amén.

 

Si tú matrimonio tiene problemas, entonces cuenta cuántas personas lo forman: si cuentas dos, allí está el problema. Ahora bien, si cuentas una sola persona, entonces bendito seas porque tienes un Matrimonio de Reino que siempre prevalecerá ante los problemas sin fatigarse o morir en el intento.

 

¡Bendiciones a todos!

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