Dick Fosbury

Era el cielo recordándole a la tierra cómo se supone que debía funcionar el ser humano...

     Dicen que en el atletismo hay momentos que dividen la historia en un antes y un después. Uno de ellos ocurrió en 1968, cuando un joven estadounidense llamado Dick Fosbury se paró frente al listón de salto alto y decidió hacer algo que nadie esperaba.

Mientras todos seguían las técnicas tradicionales, él giró su cuerpo, dio una curva extraña en la carrera y pasó el listón… de espaldas. El estadio quedó en silencio por un instante, como si el mundo necesitara un segundo para entender lo que acababa de ver. Luego vino la ovación. Fosbury no solo ganó el oro: cambió para siempre la forma de saltar.

Lo que más sorprende de su historia no es la medalla, sino la valentía de encarnar un diseño distinto. Él no imitó lo que todos hacían; descubrió algo nuevo, lo abrazó y lo vivió hasta que se convirtió en una revolución. Desde entonces, nadie volvió a saltar igual.

Y mientras meditaba en eso, pensé en Cristo. En cómo Él no vino simplemente a mejorar la religión existente, ni a ajustar un par de prácticas, ni a enseñarnos a saltar un poco más alto con las mismas técnicas de siempre. Cristo vino a introducir un diseño completamente nuevo para la vida humana. Un diseño que no se aprende por imitación externa, sino por transformación interna. Un diseño que, cuando lo encarnamos, revoluciona todo: nuestra manera de pensar, de amar, de obedecer, de relacionarnos con Dios y con los demás.

Así como el salto de Fosbury parecía extraño al principio, la vida de Cristo también desconcertó a muchos. Su manera de amar, de perdonar, de hablar con autoridad, de acercarse a los marginados, de confrontar a los religiosos, de caminar en una unión perfecta con el Padre… todo eso parecía “al revés” para quienes estaban acostumbrados a la vieja forma de vivir. Pero era el diseño original. Era el cielo recordándole a la tierra cómo se supone que debía funcionar el ser humano.

 

Hay un versículo que siempre me conmueve. Está en Job 23:12, donde dice: “Del mandamiento de sus labios nunca me separé; guardé las palabras de su boca más que mi comida.” Job entendió algo que muchos no: que la vida verdadera empieza cuando uno se alimenta del diseño de Dios. Cuando uno deja de vivir por instinto, por tradición o por costumbre, y empieza a vivir por revelación. Cuando uno deja de repetir lo que todos hacen y se atreve a encarnar lo que Dios dice.

Cristo vino a mostrarnos ese camino. Él no solo enseñó la verdad; Él es la verdad hecha carne. Y cuando esa verdad se hace carne en nosotros, ocurre lo mismo que ocurrió con Fosbury: la vida cambia de dirección, de forma, de ritmo. Lo que antes parecía imposible se vuelve natural. Lo que antes era un límite se convierte en un punto de partida.

 

Hay otro versículo que ilumina esto. En Proverbios 4:18 se nos dice: “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto.” Esa es la descripción de una vida que encarna el diseño de Cristo: una vida que no se estanca, que no se conforma, que no repite lo viejo, sino que avanza hacia una claridad cada vez mayor. Una vida que se transforma porque está conectada con la fuente de toda luz.

Cuando Cristo vino, transformó para siempre la forma en que el hombre debe relacionarse con Dios. Antes, la relación estaba mediada por sacrificios, rituales, templos y sacerdotes humanos. Ahora, la relación está mediada por Él mismo. Él es el camino. Él es el acceso. Él es la puerta. Él es el sumo sacerdote eterno. Él es el sacrificio perfecto. Él es el templo verdadero. Él es la vida.

 

Y cuando uno entiende eso, ya no puede seguir saltando como antes. Ya no puede seguir viviendo como antes. Ya no puede seguir relacionándose con Dios como antes. Cristo no vino a mejorar la religión; vino a inaugurar una hombre nuevo, capaz de encarnar su diseño divino.

El apóstol Juan lo expresa con una frase que a veces pasa desapercibida. En Juan 1:16 dice: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.” Esa palabra “plenitud” es clave. Cristo no vino a darnos migajas espirituales ni a ofrecernos una versión reducida de la vida divina. Él vino a darnos acceso a su plenitud. A su manera de pensar. A su manera de amar. A su manera de obedecer. A su manera de caminar con el Padre. A su manera de ser uno con Dios.

 

Y aquí es donde la metáfora de Fosbury se vuelve poderosa. Él no solo inventó una técnica; él encarnó una visión. Y esa visión transformó un deporte entero. Cristo no solo enseñó un camino; Él encarnó el camino. Y ese camino transforma a todo aquel que se atreve a caminarlo.

Pero para encarnar ese diseño, necesitamos conocerlo. Necesitamos estudiar a Cristo, contemplarlo, escucharlo, observar cómo vivió, cómo respondió, cómo amó, cómo obedeció. Necesitamos, como dice Oseas 6:3, “conocer y proseguir en conocer a Jehová.” Ese versículo es una invitación a una búsqueda continua, a una relación que crece, a una transformación que no se detiene.

 

Cuando estudiamos a Cristo, descubrimos que Él no vivía desde la ansiedad, sino desde la confianza. No vivía desde la reacción, sino desde la obediencia. No vivía desde el ego, sino desde el amor. No vivía desde la separación, sino desde la unión con el Padre. Y esa unión es el corazón del diseño.

Jesús dijo en Juan 5:19: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre.” Esa es la esencia de la vida cristiana: ver al Padre, escuchar al Padre, obedecer al Padre, caminar con el Padre. No desde la obligación, sino desde la unión. No desde la religión, sino desde la relación.

 

Cuando esa unión se vuelve real en nosotros, empezamos a vivir de otra manera. Empezamos a perdonar donde antes guardábamos rencor. Empezamos a amar donde antes había indiferencia. Empezamos a confiar donde antes había miedo. Empezamos a obedecer donde antes había resistencia. Empezamos a caminar en justicia donde antes había confusión.

Y esa transformación no es un esfuerzo humano; es el fruto de encarnar el diseño de Cristo. Es el Espíritu Santo formando en nosotros la imagen del Hijo. Es la vida de Cristo manifestándose en nuestra vida cotidiana.

 

Hay un versículo hermoso en 2 Corintios 3:18 que dice: “Por tanto, nosotros todos… somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen.” Esa es la revolución del Espíritu. Esa es la revolución del diseño. Esa es la revolución que Cristo vino a iniciar en cada uno de nosotros.

Así como el mundo del atletismo nunca volvió a ser el mismo después de Fosbury, el mundo espiritual nunca volvió a ser el mismo después de Cristo. Y nuestra vida tampoco debería ser la misma después de conocerlo.

Por eso necesitamos estudiar a Jesucristo. No para acumular información, sino para descubrir el diseño. No para saber más, sino para ser en Él. No para repetir doctrinas, sino para encarnar la vida. Porque solo cuando encarnamos el diseño de Cristo podemos cumplir toda justicia. Solo cuando su vida se hace nuestra vida podemos caminar en la plenitud para la cual fuimos creados.

 

Y entonces, como Fosbury, descubrimos que hay una manera más alta de vivir. Una manera más profunda de amar. Una manera más verdadera de caminar con Dios. Una manera que no se parece a lo que el mundo hace, pero que transforma a ese mundo.

Bendiciones a todos…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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