¿De qué sirve un cuerpo desprovisto de vida? ¿Qué valor tiene la marcha de una iglesia viciada por la corrupción? ¿De qué nos sirve un culto donde domingo a domingo se exhibe la expulsión de demonios, pero no hay transformación real, sino control, manipulación y adoctrinamiento? Cuando el poder se convierte en un espectáculo de sometimiento y la revelación en un instrumento de gobierno humano, hemos cambiado la libertad del Espíritu por una servidumbre religiosa.
El error de encajonar la Vida: Cuando la institución reemplaza al propósito
Existe una diferencia abismal entre una casa llena de vida y un museo lleno de recuerdos. En una casa hay movimiento, ruido, risas, limpieza y a veces desorden porque ahí viven personas. En un museo, todo está impecable, pulido, etiquetado y protegido tras un cristal, pero nadie vive allí.
Muchas veces nos preguntamos qué ha pasado con el mover de Dios en tantos lugares. Decimos con tristeza: «Parece que los líderes perdieron el toque», o «ya no se siente la presencia como antes». Sin embargo, el problema de fondo no es que nunca es que Dios haya retirado su presencia o su poder de manera arbitraria, o que el Espíritu de Dios se retire de los altares porque no pudo con el alma del hombre. El problema verdadero es que caímos en una trampa muy antigua y sutil: le dimos prioridad a la estructura, al edificio y al sistema por encima de la Vida que debía habitar en ellos.
Cambiamos el organismo vivo por una institución humana. Y cuando intentas meter la vida de Dios en una caja de cartón, la vida termina rompiendo la caja o retirándose a otro lugar.
El diseño original: Un organismo, no una corporación
Las Escrituras nunca usan el lenguaje de una empresa para describir a la iglesia. Pablo no dice que somos una franquicia, una corporación o un club social. Él utiliza una imagen biológica, algo que respira y se mueve: un cuerpo.
«Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.» 1 Corintios 12:12
Un cuerpo humano es un organismo vivo. No necesita un manual de procedimientos de cien páginas para que el corazón le diga al pulmón cómo latir y respirar en sintonía; lo hacen porque están unidos por la misma sangre y la misma vida.
¿Qué ocurre cuando priorizamos la institucionalización? Ocurre que empezamos a amar más la jerarquía que el auxilio. Nos importa más el título ministerial que el fruto del Espíritu. Nos preocupa más que el programa empiece y termine según el plan, que darle espacio al Espíritu Santo para sanar a un corazón roto que entró por la puerta.
Las instituciones humanas buscan controlar y preservar. Los organismos vivos buscan alimentarse, desarrollarse y dar fruto. Cuando el control se vuelve más importante que el fruto, el propósito divino queda desplazado a un segundo plano.
El peligro de construir odres viejos
Jesús enseñó este principio de una forma tan sencilla que cualquiera que haya visto cómo se hace el pan o cómo se guarda el vino lo puede entender de inmediato.
«Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.»
Mateo 9:17
En la antigüedad, el vino se guardaba en sacos de cuero de animal llamados “odres”. Cuando el vino era nuevo, estaba en pleno proceso de fermentación, liberando gases y expandiéndose. Si se metía en un odre viejo que ya estaba seco, rígido y endurecido, el odre no podía ceder ante la presión de la vida del vino y terminaba reventándose. El vino se tiraba y el odre se arruinaba.
La institucionalización rígida es exactamente eso: un odre seco. Es cuando decimos: “Aquí las cosas siempre se han hecho así y nunca van a cambiar”.
Cuando los ministros y la comunidad le dan prioridad al molde (las tradiciones, los organigramas, las reglas inventadas por hombres) por encima del contenido (el vino del Espíritu), el resultado es inevitable. La estructura se vuelve dura e inflexible. Dios quiere derramar una revelación fresca, un amor renovado y una pasión por los perdidos de afuera y de adentro, pero la estructura no tiene la elasticidad para soportarlo. Y tarde o temprano, la estructura colapsa por su propio peso.
¿Acaso pensamos que a nosotros no nos puede pasar lo mismo? Los fariseos y los doctores de la ley pasaron sus vidas enteras sumergidos en sus propios sistemas de estudio de la Escritura, y aun así fueron incapaces de discernir el tiempo de la visitación de su Mesías. ¿Creemos de verdad que los sistemas académicos modernos, etiquetados como teología y sus derivados, van a descifrar la verdad del Evangelio por la sola fuerza del intelecto? Pensar así no es más que una ilusión alimentada por la vanidad de la mente humana.
La trampa de preferir la norma sobre la persona
Jesús enfrentó este conflicto todo el tiempo con los religiosos de su época. Los fariseos habían tomado la fe y la habían convertido en un sistema institucional perfecto, lleno de leyes, ritos y apariencias externas. Tenían todo bajo control, pero no tenían vida.
«Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.» Marcos 7:6-7
Cuando la prioridad es la institución, los ministros terminan trabajando para sostener el sistema en lugar de usar el sistema para servir a la gente. El liderazgo se agota intentando mantener encendida una maquinaria pesada que requiere toneladas de dinero, tiempo y esfuerzo, pero que produce muy poco impacto real en la vida cotidiana de las personas y su sociedad.
Se pierde “el toque” no porque el Espíritu Santo se haya extinguido, sino porque el Espíritu Santo no habita en la burocracia ni se somete a las agendas humanas. Él se mueve donde hay libertad, humildad y un hambre genuina por el propósito de Dios.
¿Cómo volvemos a ser un cuerpo vivo?
Si la institucionalización es una trampa que cae por su propio peso, ¿cuál es la salida? La respuesta no es el desorden ni el caos, sino volver al orden del Reino, que se basa en la vida, la unidad y el propósito.
En un cuerpo, la mano no tiene un diploma que dice “Mano Oficial”; simplemente actúa como mano sirviendo al resto del cuerpo. Debemos dejar de buscar posiciones y empezar a ejercer nuestros dones y talentos con amor práctico.
Los líderes no son gerentes de una corporación; son servidores que cuidan de la familia de Dios. Su tarea no es controlar cada movimiento, sino capacitar a los creyentes para que vivan y entiendan el Reino en sus casas, trabajos y comunidades.
Debemos estar dispuestos a romper los “odres viejos”, las rutinas vacías y los métodos que ya no dan fruto, para abrazar lo que Dios está haciendo hoy.
Dios no está buscando edificar imperios humanos ni estructuras monumentales que llamen la atención del mundo, ni marchas contaminadas por los gobiernos corruptos de turno. Dios está buscando un pueblo que funcione como un cuerpo sano, conectado a la Cabeza que es Cristo, guiado por el amor y enfocado en el único propósito que jamás caerá: transformar vidas y manifestar Su Reino en la tierra.
¡Bendiciones a todos!
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