Diferentes funciones bajo un mismo propósito

Nuestro cuerpo glorificado no es una promesa futura, es nuestra realidad presente...

El propósito divino es Emmanuel, Dios con nosotros.

El cuerpo de Cristo se debilita cuando sus miembros persiguen “sus propósitos”. Fuimos diseñados para cumplir un único propósito divino bajo diferentes funciones.

Cuando le decimos a alguien: “Dios tiene un propósito para ti”, y no aclaramos que existe un solo propósito (el de Él ), entonces estamos alimentando una distorsión en el creyente que tenderá a mal formarse en altivez, división y todo despropósito.

Existe un misterio que nos ha sido revelado por el Padre a través de Las Escrituras y por la inspiración del Espíritu, una realidad donde lo divino se entrelaza con lo humano (para que no tengamos excusa). Tal como ocurre en el proceso del pan de masa madre, donde una pequeña porción contagia (replica) toda la mezcla con su misma naturaleza, así es Cristo en nosotros.

Él prometió en Juan 14:23: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él”. No se trata de una visita casual, sino de una morada eterna que cambia nuestro ser por completo.

El apóstol Pablo conoció este misterio divino al declarar en Gálatas 2:20: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

La vida del creyente no es una mejora mundana, sino el milagro de una réplica viviente, santa y con propósito, con la misma vida de la sustancia de Jesucristo.

Filipenses 3:21 dice: “el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

La iglesia es ahora el Cuerpo Glorificado de nuestro Señor Jesucristo. No es una promesa futura, es la realidad presente de aquel que ha entendido y camina en el propósito.

Romanos 8:29 nos revela el alcance de esto al decirnos que los que Dios conoció de antemano también los predestinó para ser conformados a la imagen de su Hijo.

Enseñanza tras enseñanza, el misterio se desvela: la esencia original es Cristo, y esa esencia se replica, crece y se manifiesta en cada alma que lo recibe. Como células transformadas, todos somos parte viva de un cuerpo glorioso, portando el destello de la gloria de Su amor.

En el diseño del Creador, cada célula responde a las señales y al propósito para el cual fue diseñada. Así como las células se adecuan a sus circunstancias para cumplir una función específica, nosotros, como miembros del cuerpo de Cristo, somos llamados a adaptarnos y a crecer en fe, permitiendo que Su carácter se manifieste en cada aspecto de nuestra vida.

En el cuerpo humano las células comparten el mismo ADN (nuestro manual específico de fábrica) y ellas activan diferentes partes de su código para formar parte de un ojo, un corazón o un hueso según la posición donde se encuentren. Tienen la misma identidad (el mismo ADN de la célula de origen), pero ejecutan tareas y funciones completamente diferentes para que el cuerpo viva.

Espiritualmente, esto es exactamente lo que describe el apóstol Pablo sobre los dones y el cuerpo de Cristo.

Poseemos la misma esencia, portamos el mismo código de vida que es Cristo, pero no fuimos llamados a ser simples copias. En el vientre del Espíritu, cada réplica (cada uno de nosotros) despierta a una función única según el lugar donde el Diseñador la ha colocado. Unas células sostienen, otras defienden, otras nutren; distintas funciones bajo un mismo propósito. La diversidad no destruye la unidad; al contrario, manifiesta la multiforme sabiduría de un Dios que se despliega en mil formas vivas a través de un solo cuerpo.

Bendiciones a todos…

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