¿Cuál Reino?

Lo que el primer Adán entregó por negligencia, el Postrer Adán lo arrebató con su sangre.

     ¿De qué Reino hablamos cuando elevamos la mirada, mientras nuestros pies ignoran el suelo que nos sostienen?

 Imagina un pez, cautivo en el estanque de cristal de un palacio. Los criados, con voces cargadas de una nostalgia ajena, le susurran historias sobre la inmensidad del océano. El pez, consumido por el deseo de un «allá» lejano, empieza a despreciar el agua en la que nada. Pasan sus años y el pez muere esperando la inmensidad, sin comprender que el agua que lo envolvía era la misma sustancia del océano. Murió sediento de mar, estando sumergido en él.

Esta es la tragedia del cristiano de hoy: una crisis de identidad geográfica y espiritual. Declaramos una ciudadanía que leemos en el papel o escuchamos desde el púlpito (Filipenses 3:20), pero vivimos como apátridas. Tenemos el pasaporte del cielo, pero actuamos como inquilinos irresponsables en la tierra.

 

El Error de la Fuga

Un ciudadano se estremece cuando su nación tiembla, porque entiende que el destino de su tierra es su propio destino. Un ciudadano está pendiente de estar al día de las noticias de su nación. Pero hoy, la Iglesia parece una institución de residentes que se sienten extranjeros en la propiedad de su Padre.

¿Cómo podemos gobernar lo que no amamos? ¿Cómo podemos redimir lo que deseamos abandonar?

La Escritura es un decreto de soberanía: todo fue hecho por Él y para Él (Colosenses 1:16). Si el Cielo es Su trono y la Tierra el Estrado de Sus Pies (Isaías 66:1), no estamos hablando de dos mundos separados, sino de una unidad de dominio absoluto.

 

El Propósito del Descanso

Cuando el Hijo del Hombre vino a buscar lo que se había perdido (Lucas 19:10), no buscaba cualquier lugar (porque nada escapa a su vista), buscaba un diseño. Cuando Jesús decía que no tenía dónde recostar su cabeza (Mateo 8:20), no se refería a la falta de un techo, sino a la ausencia de un orden humano que permitiera a la Divinidad descansar en Su propia creación. Lo que el primer Adán entregó por negligencia, el Postrer Adán lo reclamó con su sangre. Él no vino a rescatarnos de la tierra, vino a restaurar nuestro papel como piezas clave del engranaje de gobierno de Dios.

El propósito divino en la tierra no se cumple sin el hombre (Génesis 1:26-28). No por incapacidad de Dios, sino porque así lo diseñó.

 

La Colonización de la Eternidad

En los días de Pablo, un ciudadano romano en Filipos no vivía en Roma, pero su lenguaje, sus vestiduras y sus leyes hacían que Filipos fuera Roma. Su misión no era huir hacia la capital, sino colonizar su entorno con la cultura del Imperio. Interpretar nuestra ciudadanía celestial como un «BOLETO DE SALIDA» es una traición mediocre. El fin no es ir al cielo; el fin es que el cielo se manifieste en la tierra a través de nosotros como Cuerpo de Cristo (Mateo 6:10). La religión nos ha seducido con la espera de un futuro remoto, despojándonos del poder del presente. Pero el Reino se arrebata con la violencia de quien reclama lo que legítimamente le pertenece (Mateo 11:12).

Entiende esto de una buena vez: Mateo no está hablando de arrebatar nubes para recostar nuestras cabezas en ellas por la eternidad, Mateo está hablando de la tierra que pisan tus pies.

En los cielos no hay discusión, es en la tierra donde está nuestro trabajo, hagamos que el Señor recueste su cabeza en el territorio que se nos dio por heredad (Salmos 15:16).

 

El Acto de Posesión

Si logras ver que el Reino no es un destino exclusivo para ir después de tu muerte, sino tu dirección actual, tu mente se transformaría, necesariamente cambiará (Romanos 12:2). Dejarás de ser un pasajero esperando un rescate para convertirte en el regente del ahora.

Te convoco al siguiente acto de conciencia:

 1. Busca un lugar donde puedas sentir el latido de la tierra.

 2. Quítate el calzado (Éxodo 3:5). Desnuda tus pies y pisa la grama, la tierra, el polvo.

 3. Siente la firmeza del “Estrado de Sus Pies” (Isaías 66:1).

 4. Dile a tu mente: «No seré más un extraño en mi herencia. No me dejaré engañar por sistemas y doctrinas de hombres que desprecian la creación que Dios llamó ‘buena’ en gran manera» (Génesis 1:31).

 5. Dile a la tierra: “Te recibo como mi heredad (Salmos 37:11), porque esta es justicia de Dios. Tierra: tú eres parte del Reino de nuestro Señor y asumo la posesión de lo que Él rescató y remedió en mi lugar. Amén”.

 

Amado, esta tierra es la herencia que nos ha sido devuelta por el Rey. Durante cuatro mil años fue usurpada por el Engañador, hasta que el trueno de una Voz, hasta que el rugido de un León (Apocalipsis 5:5) declaró: “El Reino de los Cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). No fue una invitación, fue una declaración de guerra y una toma de posesión.

Desde ese momento, el Cielo y la Tierra se han fundido en un proceso de reconciliación total (Efesios 1:10). Tú y yo no somos espectadores; somos el Cuerpo de aquel que une lo invisible con lo visible.

Levántate tu que duermes (Efesios 5:14), el Rey quiere reposar sus pies y recostar su cabeza, porque tú has asumido la responsabilidad de manifestar la regencia de su estrado.

Bendiciones a todos…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit. Ut elit tellus, luctus nec ullamcorper mattis, pulvinar dapibus leo.

Enseñanzas Recientes

También puede leer algunas de nuestras otras enseñanzas.

Contacto

[wpforms id="1037"]