Imagina a un hombre que camina por un desierto con un mapa detallado. El mapa le dice dónde no pisar, cómo evitar las serpientes y cuánta agua racionar. El mapa es bueno, es «santo», pero el mapa no es el agua. El error de muchos hoy es que se han enamorado tanto del mapa que, habiendo llegado al manantial, prefieren seguir lamiendo el papel.
Muchos dicen: «Jesús guardó la Ley, por eso yo debo guardarla». Pero olvidan un detalle técnico y legal: Jesús nació bajo la Ley para poder redimir a los que estaban bajo ella (Gálatas 4:4-5).
Jesús respetó la Ley no porque fuera el destino final del hombre, sino porque Él era el único Cliente que podía pagar la cuenta que nosotros debíamos. Él no vino a «validar» el judaísmo para la eternidad; vino a cumplirlo y cerrarlo. Un músico no se queda con el afinador en su mano toda la vida; usa el afinador para que el instrumento pueda finalmente tocar la melodía. Una vez que el instrumento está afinado, el afinador se guarda.
En el Edén no había Diez Mandamientos. No había leyes sobre alimentos limpios o impuros. ¿Por qué? Porque Adán era un solo espíritu con Dios. Cuando eres uno con la Fuente, la justicia no es una regla que lees, es una naturaleza que fluye. No necesitas una ley que diga «No mates» cuando tu esencia es el Amor.
La Ley no fue el plan original; fue una añadidura.
“¿Para qué sirve, pues, la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente…» (Gálatas 3:19).
La Ley fue el «yeso» que se le pone a un hueso roto. El yeso es necesario mientras el hueso sana, pero nadie en su sano juicio celebra el aniversario de su fractura dejándose el yeso puesto para siempre. Los que buscan judaizarse o darle valor a las leyes del antiguo testamento más allá de su propósito determinado, están intentando volver a ponerse el yeso cuando ya pueden caminar.
La Biblia llama a la Ley el «Ayo» o pedagogo (Gálatas 3:24-25). En la antigüedad, el ayo era el esclavo que llevaba al niño de la mano a la escuela. Una vez que el niño llegaba ante el Maestro, el esclavo se retiraba.
Insistir en los ritos judíos (shabat, dietas, fiestas) es decirle a Dios: «Tu Hijo no fue suficiente para hacerme justo, necesito que este esclavo me siga llevando de la mano». Es una bofetada a la Gracia. Si la justicia pudiera obtenerse por la Ley, entonces Cristo murió en vano (Gálatas 2:21).
La Trampa del Ego Legalista
¿Por qué la gente ama la Ley? Porque la Ley le da de comer al ego.
Es más fácil medir qué comes o qué día descansas que permitir que el Espíritu Santo triture tu orgullo. El legalismo te permite decir: «Yo cumplo esto, tú no». Pero la Gracia te dice: «Tú no puedes nada, Él lo es todo».
El Eco, la voz de Dios resonando en ti, versus el papel de la ley:
El judaizante busca la justicia en el papel (la letra que mata). El hijo de Dios busca la justicia en la unión (el Espíritu que da vida).
Si hoy te dicen que para agradar a Dios debes volver a las sombras de lo que fue el pasado, recuerda esto: La sombra de una manzana no alimenta; solo el fruto lo hace. Cristo es el cuerpo; las leyes son solo la sombra que proyectaba antes de llegar (Colosenses 2:16-17).
No cambies tu herencia de hijo por un contrato de siervo. No permitas que tu vida completa se límite a un manual de instrucciones cuando tienes al Maestro Afinador viviendo dentro de ti.
Bendiciones a todos…
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