La vida del hombre en el tiempo de Dios
Dicen los marineros que no hay nada más hermoso y más inútil que una estela en el mar.
Hermoso, porque brilla.
Inútil, porque desaparece.
La estela la produce el viento o el rastro que deja un barco al cortar la superficie del agua. Un trazo blanco, efímero, que parece decir: “Aquí pasé yo.”
Pero el mar, ese gigante silencioso, profundo, eterno, no se inmuta. La estela dura segundos. El mar permanece, y así es la vida del hombre ante la voluntad de Dios.
El hombre vive obsesionado con dejar huella. Quiere ser recordado, citado, celebrado. Quiere que su nombre dure más que su vida, que sus obras hablen cuando él ya no pueda hablar. Quiere que su estela permanezca.
Pero la Escritura lo confronta sin anestesia. Santiago dice que la vida del hombre es como neblina que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece (Stg 4:14). El salmista declara que el hombre, aun en honra, no permanece (Sal 49:12). Job describe al ser humano como una sombra que pasa (Job 14:2).
El hombre cree que es océano… pero es espuma.
Cree que es roca… pero es vapor.
Cree que es eterno… pero es un instante.
Y sin embargo, se aferra a su estela como si fuera su identidad. Construye monumentos, levanta proyectos, acumula logros, colecciona títulos, como si todo eso pudiera desafiar la eternidad. Pero la eternidad no se impresiona.
La eternidad no se altera por la espuma. Si la vida del hombre es una estela, Dios es el mar. No un mar pequeño, no un mar domesticado, no un mar turístico. Dios es el océano eterno, insondable, inabarcable, anterior al tiempo y posterior a él.
El salmista dice que “de eternidad a eternidad” Él es Dios (Sal 90:2).
Pedro recuerda que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día (2 P 3:8).
Isaías proclama que Él habita la eternidad (Is 57:15).
El tiempo no lo contiene. El tiempo no lo limita. El tiempo no lo envejece. El tiempo está dentro de Dios, no Dios dentro del tiempo. Y cuando el hombre intenta medir a Dios con relojes humanos, siempre termina frustrado. Porque Dios no se mueve por urgencias, sino por propósito. No responde a presiones, sino a designios. No actúa por ansiedad, sino por soberanía.
El mar no se acelera porque la estela lo pida. El mar no cambia su curso porque la espuma lo desee.
El hombre quiere que Dios se ajuste a su agenda, a su calendario, a su ritmo. Pero Dios no es un asistente personal. Dios es el océano.
El océano no se somete a la estela. No solo somos pasajeros… somos dependientes. No solo somos estelas… somos estelas que no pueden existir sin el mar.
Pablo lo dice con claridad: “En Él vivimos, nos movemos y somos” (Hch 17:28).
Jesús lo afirma sin rodeos: “Separados de mí nada podéis hacer” (Jn 15:5).
El salmista reconoce que si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican (Sal 127:1).
El hombre no es autosuficiente. No es autónomo. No es soberano. El hombre es criatura. Y la criatura no dicta la voluntad del Creador.
Aquí es donde muchos tropiezan.
Porque quieren un Dios que los siga, no un Dios que los gobierne.
Quieren un Dios que bendiga sus planes, no un Dios que los someta a los suyos.
Quieren un Dios que preserve su estela, no un Dios que los llama a morir en Él.
Pero la voluntad divina no se negocia. No se ajusta. No se adapta. La voluntad divina se obedece.
Y cuando el hombre se resiste, cuando lucha por mantener su estela intacta, cuando pelea por su propio nombre, termina descubriendo que el mar siempre gana. Siempre.
Estás palabras podrán parecer duras, casi fatalistas. Pero aquí viene el giro que revela el corazón del Evangelio del Reino.
Somos estelas que desaparecen… pero el mar nos conoce.
Somos breves… pero bien amados.
Somos pequeños… pero escogidos.
El Dios eterno, el océano sin orillas, el que habita la eternidad, decidió inclinarse hacia la espuma de la estela.
Decidió mirar al hombre.
Decidió visitarlo.
Decidió reconciliarlo consigo.
Pablo lo expresa con una fuerza que atraviesa los siglos: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Co 5:19). El eterno abrazando al temporal. El infinito tocando al finito. El océano dejando que una estela resalte aunque sea por poco tiempo.
Y no solo nos reconcilió… nos dio el ministerio de la reconciliación. Nos hizo embajadores. Nos hizo portadores de un mensaje eterno en cuerpos temporales.
Aquí está la paradoja:
Somos insignificantes ante la voluntad divina… pero indispensables en su propósito divino. No porque Dios nos necesite, sino porque Dios así lo quiso. No porque seamos grandes, sino porque Él es bueno. No porque nuestra estela dure, sino porque Su amor permanece.
El problema del hombre es que se enamora de su estela. Se queda mirando hacia atrás. Se obsesiona con lo que deja, en vez de con lo que Dios lo llama a alcanzar.
Jesús lo dijo con claridad:
“El que pone su mano en el arado y mira hacia atrás no es apto para el reino de Dios” (Lc 9:62).
El que vive para su estela pierde el rumbo. El que vive para el mar encuentra su propósito. La estela desaparece. El mar permanece. Y el hombre debe decidir dónde quiere anclar su identidad, en la estela que pasa o en la unidad con el mar.
La “vida cristiana” no consiste en dejar una estela más grande. Consiste en sumergirse más profundo en el mar. No consiste en ser recordado. Consiste aprender la obediencia. No consiste en impresionar. Consiste en rendirse. No consiste en construir un nombre. Consiste en exaltar el Nombre sobre todo nombre.
Cuando el hombre se sumerge en Dios, deja de temer la desaparición de su estela. Porque descubre que su vida no se mide por lo que deja atrás, sino por Aquel en quien permanece.
Jesús dijo:
“El que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mt 16:25).
El que deja ir su estela… encuentra el océano.
Somos estelas que desaparecen… pero nacimos del océano eterno que jamás se borra.
El hombre se aferra a su estela; Dios lo llama a sumergirse en Él.
Cuando vuelvas a oír un mensaje donde el predicador se enfoque en el hombre, en los anhelos, sueños y deseos de éste, dile que somos estelas en el mar, que hable del mar y cómo debemos sumergirnos en Él.
Basta de oír mensajes que seducen el alma para mantener oprimido el espíritu.
Bendiciones a todos…
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