La responsabilidad, la libertad y el imbécil

El trabajo es una norma del Reino, hay trabajo en el Edén, y trabajo fuera de el. Tú decides bajo que condiciones quieres trabajar: con el sudor que sabe a gloria o el sudor que amarga.

     No fuiste diseñado para usar un bastón que revela falta de libertad. Es muy diferente la vara de un pastor de ovejas al bastón de un imbécil.

     Imagina un río que nace en lo profundo de una montaña. Sus aguas parecen libres, corren con fuerza, se expanden hacia los valles y alimentan la tierra. Pero esa libertad aparente depende de un secreto invisible: la roca que sostiene la fuente, la presión subterránea que empuja el agua hacia arriba, la gravedad que marca su curso. Sin esa raíz escondida, el río no existiría. La libertad del río es consecuencia de una responsabilidad silenciosa: la montaña que la guarda y la obliga a fluir. Así es la libertad del hombre: un caudal que parece espontáneo, pero que en realidad depende de la raíz de la responsabilidad.

Cuando la Escritura declara que “la verdad os hará libres” (Juan 8:32), no está hablando de un río que corre sin cauce, sino de un caudal que se mantiene porque alguien asumió la responsabilidad de sostenerlo. La libertad no es un acto aislado, ni un derecho que se reclama sin más. Es fruto, y todo fruto depende de una raíz. La raíz es responsabilidad: la decisión de cuidar, de discernir, de obedecer, de cargar el peso que sostiene la vida.

El hombre moderno suele pensar la libertad como ausencia de límites, como un campo abierto donde nadie le dice qué hacer. Pero la Escritura revela lo contrario: la libertad es el resultado de haber asumido límites, de haber aceptado la responsabilidad de un camino. Adán fue puesto en el huerto “para que lo labrara y lo guardase” (Génesis 2:15). Antes de ser libre, fue responsable. La raíz vino primero, el fruto después. Cuando Adán rehúye su responsabilidad, el fruto no nace, y si lo hace se pudre rápidamente, pierde la libertad, aunque siga caminando.

El trabajo es una norma del Reino, hay trabajo en el Edén, y trabajo fuera de el. Tú decides bajo que condiciones quieres trabajar: con el sudor que sabe a gloria o el sudor que amarga.

Aquí aparece un error clásico del hombre: confundir libertad con independencia. La independencia es ruptura de vínculos, negación de raíces, rechazo de toda autoridad. La libertad, en cambio, es fruto de una raíz bien nutrida. Cuando se practica torcidamente, la independencia se convierte en soberbia, aislamiento y esclavitud interior. El hombre cree que es libre porque nadie lo controla, pero en realidad está prisionero de sí mismo. La libertad bíblica no es independencia, sino consecuencia de responsabilidad: aceptar el peso de la raíz para que el fruto sea verdadero.

La pregunta “¿Estás yendo por el camino correcto?” es la voz que examina la raíz. No es una pregunta psicológica, sino profética. Jeremías 6:16 ordena: “Deteneos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas cuál sea el buen camino, y andad por él.” La responsabilidad es detenerse y preguntar. El que no se detiene, el que no examina, cree que es libre, pero en realidad está esclavizado por su prisa. La libertad no se mide por la velocidad del andar, sino por la capacidad de discernir el camino.

La libertad es también juicio escatológico. No se revela en el instante de la elección, sino en el día del Señor. El hombre que hoy grita “soy libre” será examinado mañana por la verdad. Solo aquel que asumió responsabilidad de cuestionar su camino será hallado verdaderamente libre. La libertad es fruto que madura en el tiempo, y el juicio final es la cosecha por haber creído con fe que fuimos hallados culpables y condenados en Cristo Jesús.

Hay un aspecto que rara vez se considera: la genealogía como responsabilidad. Las largas listas de nombres en la Biblia son raíces que sostienen frutos. Cada generación asumió una carga para que la siguiente pudiera vivir en libertad. Israel fue liberado de Egipto porque Moisés aceptó la responsabilidad de enfrentar a Faraón. La humanidad fue liberada del pecado porque Cristo cargó una cruz universal. La libertad que hoy disfrutamos ha sido vista como herencia de responsabilidades ajenas según lo percibe el mundo, pero los entendidos saben que se trata de un cuerpo bien concertado que trasciende el tiempo. El hombre que cree que su libertad es auto-generada está engañado: siempre es fruto de una raíz que otros sembraron.

Jesús lo expresó con radicalidad: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). La cruz es responsabilidad. El hombre que carga su cruz está sembrando raíz. El fruto de esa raíz es libertad. Pero aquí se revela un misterio: la libertad no es liviandad, sino peso bien asumido. El irresponsable huye del peso y termina esclavo. El responsable sostiene el peso y recibe libertad como herencia. Y el imbécil termina asumiendo pesos que no corresponden con su diseño a causa de su prisa.

La verdad misma es raíz oculta. No se encuentra en la superficie, sino en lo profundo. La responsabilidad es escarbar hasta hallarla. El hombre que no cuestiona su camino nunca descubre la verdad, y por tanto nunca alcanza libertad. La verdad incomoda porque revela la raíz. El hombre prefiere el fruto aparente, pero Dios exige responsabilidad de escarbar la tierra hasta encontrar la raíz verdadera. Solo entonces el fruto será auténtico.

La libertad, entonces, no es un concepto abstracto, sino un sabor espiritual. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16). El fruto se prueba, se saborea. El irresponsable produce un fruto amargo, aunque lo llame libertad. El verdadero fruto es dulce porque está nutrido por la raíz de la responsabilidad. La libertad se reconoce en la experiencia concreta: decisiones, palabras, actos que revelan si la raíz está viva.

La pregunta del camino vuelve a resonar: ¿Estás yendo por el camino correcto? Esa pregunta no es un consejo moral, sino un examen escatológico. El camino correcto no es simplemente ético, sino profético. Jesús declara: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6). La responsabilidad es discernir si el camino que transitamos es Cristo mismo. La libertad no es elegir cualquier sendero, sino caminar en el correcto, Él.

El río que fluye libre depende de la montaña que lo sostiene. La libertad que parece espontánea depende de la raíz de la responsabilidad. El hombre que huye de la raíz pierde el fruto, aunque grite que es libre. El hombre que busca la raíz recibe libertad como herencia, fruto y juicio escatológico verdadero, no fábulas románticas ni religiosas. La Escritura nos confronta con una verdad incómoda: la libertad no es ausencia de peso, sino consecuencia de cargarlo. La raíz sostiene, el fruto revela. La responsabilidad es raíz, la libertad es fruto.

Detente por un momento y mira está imagen:

El río que corre porque la montaña lo obliga a fluir. La libertad que se experimenta porque la responsabilidad la sostiene.

La pregunta permanece abierta, como un eco profético: ¿Estás yendo por el camino correcto? Porque solo el que asume la responsabilidad de cuestionar su andar hallará la verdad, y solo la verdad lo hará libre.

Llamar imbécil a alguien no es ofenderlo cuando se ejerce la responsabilidad de decirlo con libertad. La ofensa nace del capricho o la ira; la verdad, en cambio, se pronuncia desde la raíz de la responsabilidad. La libertad de nombrar lo que es, aunque incomode, no es violencia, sino acto de fidelidad a la verdad. El problema no está en la palabra, sino en la intención: el irresponsable hiere, el responsable despierta. Por eso, la libertad de hablar con verdad es fruto de la raíz de la responsabilidad, incluso cuando la palabra suena dura.”

Bendiciones a todos…

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