Los enemigos de Dios ha demostrado ser astutos. No porque tengan poder verdadero, sino porque han sabido manipular la percepción de la iglesia. La estrategia más poderosa en cualquier guerra no es la fuerza bruta, ni siquiera la superioridad numérica, sino el engaño. El engaño es el arma que desvía, que distrae, que fabrica objetivos falsos para que un ejército nunca dispare hacia el blanco correcto.
El genio salió de la botella. Una narrativa fue liberada y se esparció como humo por todo el mundo: “El objetivo es el cielo”. Breve, contundente, aparentemente piadoso, pero letal. Con esa frase, las tinieblas redefinieron el propósito divino y lograron que generaciones enteras de creyentes vivieran mirando hacia arriba, mientras descuidaban lo que estaba frente a sus ojos: la tierra, la herencia, el gobierno, la responsabilidad.
El engaño fue sistemático:
– Se enseñó que la carne era el enemigo, cuando en realidad la carne fue diseñada como vehículo perfecto para portar la gloria. El pecado no es la carne, es la rebelión. La carne redimida no es obstáculo, es instrumento.
– Se enseñó que había que esperar el “tiempo perfecto de Dios”, como si Dios estuviera atrapado en relojes humanos. Pero Dios no se mueve en cronos, sino en kairos. Él ya declaró el fin desde el principio y lo hizo (Isaías 46:10).
– Se enseñó que buscar las cosas de arriba era mérito para recibir añadiduras, pero se tergiversó el mandato hasta convertirlo en evasión de las responsabilidades de abajo.
– Se enseñó que el propósito era ser ovejas dóciles, y no leones revestidos del León de Judá (Jeremías 50:6; Miqueas 5:8).
– Se enseñó que levantar denominaciones y mega iglesias era construir reino, cuando en realidad era fragmentar el cuerpo en pedazos inofensivos (1 Corintios 1:12).
– Lo más perverso: se enseñó a despreciar la tierra como herencia. A cambiar lo que Dios dio por una ilusión de otra vida, otro cielo, otra recompensa.
El humo del genio cubrió la visión de la iglesia. El resultado: un pueblo distraído, desenfocado, engañado. Un pueblo que nunca se ve como nación de reyes y sacerdotes llamados a reinar sobre la tierra (Apocalipsis 5:10), sino como almas flotando en túnicas blancas, saltando en nubes de un cielo romántico inventado por religiosos.
La batalla no es de armas físicas, sino de percepciones. El enemigo sabe que no puede vencer a un ejército respaldado por el Dios invicto. Por eso apuesta a que ese ejército nunca se reconozca como tal. La estrategia es clara: mantener a la iglesia desenfocada, que siga pensando que es novia y no esposa.
El enemigo no teme a una iglesia que canta, que ora, que espera. Teme a una iglesia que gobierna, que legisla, que activa su herencia, que se reconoce como árboles de justicia, plantados para transformar territorios (Isaías 61:3).
El enemigo no tiembla ante una iglesia que se encierra en templos, sino ante una iglesia que se levanta como nación, que confronta sistemas, que rompe narrativas, que desmantela mentiras.
La ruptura del engaño no se logra con discursos, sino con decisiones radicales:
– Buscar a Dios con todo el corazón y la mente. No confiar en lo que dicen los hombres, sino en lo que dijo Cristo.
– Comparar tú vida con la de Cristo, no con la del pastor. El modelo no es humano, es divino.
– Cargar la cruz cada día. No para morir en ella, porque eso ya lo hizo Él, sino para sostenerla como recordatorio de que la carne también fue redimida.
– Practicar la comunión. No existe cuerpo de un solo miembro. La iglesia aislada es iglesia mutilada.
– Recibir la herencia y hacerse responsable de ella. “Los justos heredarán la tierra y vivirán para siempre en ella” (Salmo 37:29). La herencia no es un cielo lejano, es una tierra que debemos seguir transformado.
– Volver a las letras rojas. Las palabras de Cristo son la inspiración pura. Todo lo demás es complemento.
Salir del engaño implica disipar el humo del genio, sacudirse doctrinas de hombres y reaprender desde el origen. Cuando el desvío reina, la sabiduría más sensata es volver al principio.
El sacerdocio real no fue llamado a esperar, sino a gobernar. No fue llamado a cantar eternamente, sino a legislar en la tierra. No fue llamado a despreciar la herencia, sino a administrarla con responsabilidad para las futuras generaciones.
El sacerdocio real es la respuesta al humo del engaño. Es la manifestación de una iglesia que entiende que su propósito no es escapar de la tierra, sino transformarla. Que su misión no es huir del mundo, sino confrontarlo con luz. Que su destino no es un cielo romántico, sino un reino eterno que se acercó hace más de dos mil años.
La enseñanza debe ser confrontadora porque el engaño fue brillante. Las tinieblas lograron redefinir el propósito divino con una frase. Pero ahora es tiempo de redefinir la narrativa con otra frase:
“El objetivo es la tierra.”
El cielo no es herencia, la tierra es responsabilidad y herencia de nuestros hijos. El cielo no es recompensa, Cristo lo es, la tierra es campo de batalla.
La iglesia que se despierta entiende que no puede seguir esperando cronos, porque el kairos ya fue activado. No puede seguir despreciando la carne, porque la carne fue redimida. No puede seguir fragmentándose en denominaciones, porque el cuerpo es uno. No puede seguir despreciando la herencia, porque la herencia es señal de gratitud y responsabilidad.
El genio salió de la botella, pero ahora el humo será disipado. La iglesia que despierta no se dejará engañar más. Se levantará como nación de reyes y sacerdotes, como árboles de justicia, como leones revestidos del León.
Los enemigos de Dios crujirán los dientes, porque verán que su estrategia ha sido rota. Verán que el ejército que intentaron distraer ahora marcha enfocado. Verán que la narrativa que inventaron se derrumba ante la verdad eterna.
La iglesia no saltará en nubes románticas, sino que caminará firme sobre la tierra, gobernando territorios, activando herencias, confrontando sistemas. La iglesia no será más un coro de ovejas, sino un rugido de leones.
Y cuando los enemigos de Dios miren, verán que el humo del engaño se disipó, que el genio fue devuelto a la botella, que la narrativa falsa fue quebrada. Verán que la iglesia volvió al origen, y que desde el origen gobierna.
El objetivo no es escapar. El objetivo es reinar. El objetivo no es esperar. El objetivo es activar. El objetivo no es cielo, esos son nuestros depósitos. El objetivo es tierra y cielo en perfecta unidad.
Bendiciones a todos….
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